Nadie hubiera creído, en las primeras horas del 2020, que los asuntos humanos serían interrumpidos de manera abrupta por el ataque de un agente microscópico capaz de expandirse sigilosa y rápidamente; que nuestras preocupaciones al comenzar el año perderían su valor apenas tres meses después; que las ventajas de nuestro mundo súperconectado se revelarían también como debilidades. Poco a poco, los países del mundo fueron cediendo ante el avance del virus, mientras nosotros, inseguros, aguardamos el fin de la cuarentena. En todo el mundo hay gente asustada, preocupada y furiosa, y ese es un caldo de cultivo ideal para otro tipo de virus, mucho más sigiloso que el SARS-CoV-2: la charlatanería.

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Con ustedes, el famoso bicho SARS-CoV-2. Wikimedia Commons.

Desde limones que cambian el pH hasta inyecciones de cloro, pasando por antenas que favorecen la transmisión del virus: durante los últimos meses, la creatividad humana no ha dejado de sorprenderme. Algunas conspiranoias aparecieron unas semanas después del inicio de la pandemia; son nuevas y no les ha costado mucho ganar adeptos. Otros atisbos de creatividad no provienen de una teoría de conspiración; son migajas que se desprenden de pseudociencias ya viejas que vuelven a la vida cada tanto. Me preocupa que en estos tiempos difíciles, llenos de incertidumbre y miedo, cada vez más personas caigan víctimas de los gurús que afirman tener la cura para todo, de políticos que usan la pandemia como vehículo para introducir sus propios prejuicios en la agenda pública o de gente sin escrúpulos que aprovecha el momento para ganar dinero de forma deshonesta y peligrosa. Los charlatanes vienen en todas las presentaciones posibles. Por eso, esta serie especial tocará temas tan variados como el origen de la pandemia, la desigualdad, los efectos de la cuarentena, las conspiranoias o cómo la psicología puede ayudar a mejorar las medidas de seguridad. Durante las próximas semanas estén atentos al podcast y a las publicaciones en Facebook.

La otra pandemia

No somos tan racionales como el nombre de nuestra especie podría hacernos creer. La mayoría de nosotros –si no es que todos– sostenemos alguna creencia sin fundamento. Está tan extendido en nuestra especie, que algunos psicólogos proponen que, lejos de representar una falla o un defecto del ser humano, esta irracionalidad es parte de quiénes somos. Incluso puede tener un origen evolutivo. En un mundo impredecible, brutal y amenazador como en el que vivían nuestros ancestros, encontrar patrones pudo favorecer la supervivencia de una tribu; pero esos patrones no tienen que ser reales: un grupo de estrellas aparecía y entonces comenzaban las lluvias; por tanto, es fácil creer que las estrellas influyen sobre lo que pasa en la Tierra. Algunos miembros de la tribu rezaban y entonces desaparecía el resfriado del líder; por tanto, es fácil creer que los rezos tienen el poder de sanar. Pensar de esa forma es reconfortante, porque da una sensación de control sobre un mundo que en realidad no podemos controlar. Así aparecieron los primeros mitos, las primeras religiones, quizá incluso los primeros filósofos y científicos. Cada cierto tiempo (por ejemplo, durante la Ilustración o durante la primera mitad del siglo XX), da la apariencia de que ese pensamiento ha desaparecido, que la razón ha ganado y que por fin nos hemos ganado el título de Sapiens, sabios. Pero entonces aparecen las crisis y la pequeña vela de la razón, que tanto trabajo nos cuesta encender, se tambalea, amenazada por las tinieblas que revolotean alrededor, amenazando con apagarla.

Hoy, los líderes supremos, los iluminados y los que “ya despertaron” utilizan a su favor la pandemia y el miedo que ésta produce, para mostrar que ellos sí pueden lidiar con la crisis, que quienes están con ellos se salvarán porque también han “despertado”. No es difícil ver el por qué de este comportamiento. Estos gurús les otorgan confort y una falsa sensación de control a sus seguidores. Pero no es lo único que ofrecen. Nuestras creencias son sensibles a los mimos y repudios de nuestro grupo social: estamos motivados a creer ciertas cosas, no sólo porque nos hacen sentir bien, sino también porque de nuestras creencias depende la aceptación o el rechazo de nuestros pares -aún si no somos conscientes de ello. Estos gurús conspiranoicos ofrecen sentido de pertenencia. No es raro que haya gente que acuda a ellos. Creo que es tiempo que la ciencia también ofrezca sentido de pertenencia a quienes desean entender la pandemia desde sus mismos orígenes. 

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El origen del virus

La noche del 24 de julio de 1998, en un área boscosa alrededor de una ciudad en Indiana, Estados Unidos, un grupo de policías de élite fue despachado para investigar extraños asesinatos ocurridos en los últimos meses. Las víctimas eran halladas con signos del ataque brutal de un animal desconocido. Conforme transcurrió la noche, el equipo de policías se encontró con las consecuencias de un peligroso programa de investigación biotecnológico: un virus diseñado en laboratorio, altamente contagioso, que convertía a su huésped en un zombi o en un monstruo mutante deseoso de desmembrar gente.

Por supuesto, esto jamás sucedió. Es parte de la trama de Resident Evil, uno de los videojuegos más famosos de la historia, cuyo impacto en la cultura popular llevó al auge de los zombis durante la década de los 2000. La premisa principal, un virus diseñado expresamente como arma biológica que se sale de control, también es usada en la trama de muchos otros videojuegos, cómics, películas y novelas, y sirve como indicador de lo que aterra a una humanidad post-Hiroshima: que los poderes de la tecnología no son cualquier cosa, y que la era de las amenazas físicoquímicas ha pasado para cederle el trono a las amenazas biológicas.

Quizá esa sea una de las razones por las que la idea de que el SARS-CoV-2 nació en un laboratorio es tan popular: la hemos visto tantas veces en la ficción que parece natural asumir que es algo que podría ser verdad. Otra razón es, por supuesto, la política. La creencia en el origen sintético del virus ha sido promovida por el presidente de los Estados Unidos –¿en año de elecciones presidenciales?– y la ha usado como arma para amenazar a su rival económico, China, epicentro original de la pandemia. Desafortunadamente para Donald Trump, para sus agentes de campaña y para sus seguidores, tanto la ciencia como la mismísima central de inteligencia de su país comparten una conclusión: el SARS-CoV-2 no salió de una botella. Es más, sabemos cuál pudo ser el origen de la nueva amenaza de la humanidad.

Theodosius Dobzhansky escribió una vez que nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución, y el nuevo coronavirus no es la excepción. Mediante análisis genéticos, técnica con la que se puede identificar el parentesco de un organismo con otro, sabemos que el SARS-CoV-2 es muy parecido genéticamente al SARS-CoV, un virus que causó pánico en 2003 al matar a 774 personas alrededor del mundo. Otro miembro de la familia es el MERS-CoV, que entre 2012 y 2013 mató a 66 personas en diez países. Los tres pertenecen a la familia de los coronavirus, y los tres son virus zoonóticos, lo que quiere decir que son capaces de saltar de animales a humanos. De hecho así es como nuestro SARS-CoV-2 llegó a los seres humanos: originalmente un huésped de murciélagos, saltó a otra especie –gracias a la evolución– antes de adquirir la capacidad de infectar a los seres humanos.

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El Árbol de la Vida original de Charles Darwin. A pesar de que no son seres vivos –o eso parece–, los virus también evolucionan. 

Los murciélagos son repositorios vivientes de coronavirus. No les pasa nada porque los virus y ellos han llegado a una especie de alianza biológica: no me maten y permitiré que se sigan replicando, dice el murciélago, y los coronavirus aceptan el trato. Pues como todo ser sobre la Tierra, los virus también buscan replicarse y transmitir su información genética a la siguiente generación; pero a diferencia de un ser vivo, los virus no pueden reproducirse por sí solos: necesitan apoderarse de una célula porque ellas pueden reproducirse, como nos enseñan en la secundaria. Si los coronavirus mataran a los murciélagos, no habría forma de que el coronavirus se replicase y desaparecería, así que no matan a sus huéspedes originales.

Pero los murciélagos interactúan con otras especies, y en este ir y venir biológico es cuando se producen las mutaciones que permiten al virus cambiar de huésped y adquirir la capacidad de infectar a otras especies. Las mutaciones son errores de copiado del material genético de una criatura; son el motor de la evolución. Las mutaciones que otorgan características ventajosas –como poder infectar a más de una especie, en el caso de los virus–, se quedan. Los biólogos creen que el virus que nos atañe saltó a los pangolines y de ellos a los seres humanos: unos meses antes de que se reportaran los primeros casos de COVID-19, tres científicos chinos encontraron dos pangolines malayos infectados con un virus tipo SARS, cuyo genoma guarda un parecido asombroso con el del SARS-CoV-2.

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Un pangolín, el bello animalito que pudo haber servido como especie intermediaria entre los murciélagos y el ser humano. Wikimedia Commons.

Entonces, ¿cómo sabemos que el nuevo coronavirus no es creación humana? Parte de la respuesta la hemos dado antes: el asombroso parecido genético del SARS-CoV-2 con otros coronavirus, como el SARS-CoV de 2003 (con el que comparte una similitud genética del 79.6%) y el coronavirus que mató a los dos pangolines malayos –llamémoslo Pangolin-CoV (con el que comparte una similitud genética de 91.02%). Pero también hay otra razón: sabemos cómo luciría un virus diseñado en laboratorio, y éste no cumple los requisitos. Primero, un virus diseñado en laboratorio necesita una plantilla o estructura base, y esta plantilla debe ser la estructura de un virus ya conocido y genéticamente cercano; el familiar más cercano del SARS-CoV-2, un virus hallado en murciélagos y denominado BaTG13, es similar al primero en un 96.2%. El 4% restante es imposible de completar en un laboratorio con los medios actuales. Los análisis genéticos del BaTG13 se publicaron el 20 de enero de este año en Nature; más de dos semanas después de que la epidemia de SARS-CoV-2 iniciara. Esto significa que si el SARS-CoV-2 fuese diseñado en laboratorio, debería ser genéticamente idéntico al BaTG13, y que deberíamos haber obtenido su secuencia genética apenas comenzara la pandemia. Pero no sucedió así. Todas las evidencias apuntan a un origen por selección natural del SARS-CoV-2; la única cuestión que queda por dirimir es si la selección natural operó antes de que el virus saltara a los seres humanos o después. Una vez más, nuestras mejores historias de ciencia ficción, nuestras más locas fantasías, se quedan cortas en comparación con el poder de la naturaleza.

Sin embargo, los seres humanos sí tenemos responsabilidad por el origen de la pandemia. Los murciélagos no se venden en el mercado de animales vivos de Wuhan, ciudad donde inició la pandemia de COVID-19. En cambio, los pangolines son de los animales más comercializados en el lugar. A pesar de ser una especie protegida por la legislación china, los pangolines son muy codiciados y se los captura sin piedad para vender su carne, su piel y sus escamas. Esto los ha convertido en una especie amenazada, en peligro crítico de extinción.

Pero su constante captura y comercio también nos pone en peligro a los seres humanos, ya que, como los murciélagos, los pangolines son reservorios naturales de virus zoonóticos. En el momento en que alteramos su medio ambiente y los obligamos a salir de su hogar, por medio de la tala y la cacería indiscriminada, entramos en el juego de la selección natural, un juego para el que los virus están mejor preparados, y nos sometemos a los designios de la naturaleza –aunque parezca que somos nosotros quienes la sometemos. Wuhan no es el único lugar donde un nuevo virus zoonótico podría adquirir capacidades mortales: en algún lugar del mundo, en este mismo momento, otra pandemia como la del COVID-19 está gestándose –tal vez mientras talamos una selva para alimentar a nuestro ganado, o mientras derribamos manglares para erigir hoteles cerca de la playa. Quizá nosotros no fabricamos el virus, pero sí creamos las condiciones para que apareciera y se convirtiera en una amenaza global.

¿De verdad preferimos creer historias de ciencia ficción estilo Resident Evil antes que modificar nuestros hábitos de consumo, dejar de arrasar regiones naturales y proteger a nuestros primos animales?

Referencias
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Malo, P. (2020, junio). Creencias socialmente adaptativas (entrada en un blog). URL: https://hyperbole.es/2020/06/creencias-socialmente-adaptativas/
Sagan, C. (1996). El mundo y sus demonios. La ciencia como una luz en la oscuridad. España: Crítica.
Vyse, S. (2013). Believing in magic. The psychology of superstition. New York: Oxford University Press.