¿Queda cupo para los héroes en septiembre?

Juan Villoro

Un perro recibe una patada por parte de un miembro de la familia y, pronto, ese perro huye ante la sola visión de aquella persona. Nosotros, como mamíferos, tenemos un mecanismo de aprendizaje similar al del perro: aprendemos a evitar aquello que nos causó daño, a huir si lo tenemos enfrente. Pero, como seres humanos, las señales que nos indican que podemos sufrir daño no son tanto físicas como simbólicas, creadas por nosotros mismos… y por eso mismo, no necesitamos tener enfrente lo temido para sentir miedo. Podemos volver a él cuantas veces queramos, o al revés: puede volver a nosotros sin que lo podamos evitar. Sobre todo, si lo temido es algo que se aproxima, inexorable, como una fecha en el calendario.

Martes, 19 de septiembre. 13:14.

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No llevábamos ni medio día de trabajo cuando sucedió. En mi caso, apenas estaba llegando al Universum. Muchos de nosotros, casi todos los jóvenes menores de veinte años, nunca habíamos experimentado un temblor así de fuerte. Quienes sí, se aterraron al recordar la tragedia que marcó a la gente de su generación: el terremoto de 1985, quizá uno de los más destructivos que haya visto la Ciudad de México. Los de mi generación, y los más jóvenes, sólo lo conocíamos por las historias que contaban nuestros mayores, historias que se iban intensificando en detalles y exactitud conforme se arrancaban las hojas en el calendario, historias que eran contadas con ojos cada vez más vidriosos, fijos no en el presente, sino en recuerdos dolorosos y trágicos, mientras se acercaba la fecha fatídica, el 19 de septiembre. Pero ahora, a dos años de distancia de un nuevo temblor que -contra toda probabilidad- ocurrió el mismo día, pero treinta y dos años después, ya lo conocemos por experiencia propia.

Lo más horroroso de un evento como este es la sensación de que uno no puede hacer mucho, ni durante ni después del temblor. Sólo se puede esperar a que pase pronto, que nada se nos venga encima, que nuestros seres amados estén bien y, después, con el bombardeo de vídeos y fotos, de noticias de edificios colapsados y gente atrapada, sólo se puede esperar que quienes ayudan resistan, y quienes esperan la ayuda sean rescatados pronto. Pero en esta ocasión, como en 1985, hubo personas que lucharon contra esa sensación de inutilidad; no se contentaron con esperar: quisieron ayudar, y lo hicieron de todas las formas posibles. ¡Imagínense un país en el que las autoridades piden que no vayan más voluntarios porque ya hay demasiados! ¡Demasiada ayuda! ¿Qué es eso?

Y, sin embargo, no es algo extraño. Los seres humanos no hemos llegado a donde estamos sólo por la acción de guerras, sangre, violencia y conflicto. También sabemos cooperar, al igual que muchas otras especies animales. Quizá el altruismo sea una de las consecuencias de la selección natural más descuidadas, opacada por el concepto mismo de selección natural y por las malas interpretaciones que se hicieron del darwinismo a finales del siglo XIX –pienso en la famosa frase “la supervivencia del más apto” al escribir esto. Pero la cooperación en el mundo animal es un hecho: muchas especies cooperan entre sí, algunas hasta el punto de la simbiosis (cuando dos especies entrelazan sus existencias de una forma tan íntima que, en comparación, dos bailarines no podrían estar mejor coordinados). Y el altruismo dentro de las especies no tiene por qué representar una contradicción a la selección natural. Un suricato apostado como vigía pone en riesgo su vida a cambio de dar la voz de alarma y permitir que el resto de la colonia sobreviva, transmitiendo así sus genes a la próxima generación. En el caso de los humanos, Burrhus F. Skinner decía “cuando herimos a otros, nos herimos a nosotros mismos”, y podríamos extender esa frase: quien ayuda a otros, se ayuda a sí mismo. Para nosotros, la cooperación adquiere otros valores, no sólo de supervivencia. En muchas culturas, la cooperación y el altruismo juegan un papel importante (prueba de su origen evolutivo), pero también es alentada. Buscamos que la especie sobreviva, pero también alentamos a que la gente ayude para que la especie sobreviva.

Piénsenlo: ¿por qué dedicaríamos tantos recursos y tiempo en ayudar a personas que ni siquiera conocemos? ¿Por qué la sociedad civil salió a las calles a entregar voluntariamente sus propios recursos, su propia mano, su propia fuerza? ¿Por qué existen los grupos de rescatistas? Si acaba de temblar y ha habido destrucción por todos lados, ¿no sería más razonable (en el lenguaje de la evolución) poner pies en polvorosa, antes de arriesgarme y exponerme ante la posibilidad de otro terremoto? No sólo es el mandato de los genes. Una posible respuesta es que la cooperación se erige como una fuente de reforzamiento, tanto para uno mismo como ante los demás. Nuestra cultura está dispuesta para erigir como héroe al altruista; quien apoya, obtiene gratificación por su labor, y esa gratificación le convierte en alguien a seguir y lo motiva a seguir haciéndolo en situaciones parecidas. Quien no lo hace, es ignorado o directamente señalado como egoísta o cobarde; las contingencias de reforzamiento, dispuestas por la cultura y la sociedad, nos dirán quién es el héroe y quién es, si no el villano, sí el desinteresado, el apático (es por esto que quienes, por alguna razón, se ven impedidos para ayudar, se sienten mal). Cuando, en las fotografías del 19 de septiembre de hace dos años, vemos a personas metiendo las manos en cualquier cosa que pudieran, estamos viendo eso: son capturas del instante preciso en que aquellos héroes (porque lo son, de eso no hay duda) obtienen la gratificación de ayudar a quienes lo necesitan. Es gratificante saber que ayudé a cargar cajas, que hice una cadena humana para sacar escombros, que le di de comer a quienes pasaban por la calle minutos después de la tragedia; es reforzante saber que ayudé a los míos (aunque no los conozca), porque biología y cultura así lo disponen.

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Fotografía de Alejandro Velázquez.

A esto se le llama conducta prosocial, y la importancia de promoverla radica en que los grupos conformados por individuos que se ayudan entre sí tienen más chances de sobrevivir que grupos cuyos componentes se aíslan para su propio beneficio. Piensen, por ejemplo, en una familia cooperativa versus una familia cuyos miembros están muy separados; en un equipo escolar que realiza los trabajos juntos versus uno en el que cada quien hace “su parte”; en una empresa que busca el beneficio de sus empleados y de sus clientes versus una empresa que sólo persigue su propio beneficio económico. Pero no sólo eso: los individuos que realizan conductas prosociales (no sólo en tiempos de crisis, sino el resto del año también) suelen tener más y mejores amigos, tienen menos problemas conductuales y de salud y son mejores en la escuela, entre otras cosas. Lo prosocial impacta en todas las esferas de nuestras vidas, desde lo público y social hasta lo privado e individual.

De ahí se desprende la importancia de que se continúe hablando sobre el temblor. No sólo formalmente; es decir, no sólo debemos realizar simulacros, o divulgar información sobre qué son los temblores, por qué ocurren y por qué no se pueden predecir: es importante que se sigan conmemorando estas cosas, esa ayuda, lo que sucedió inmediatamente después de que la tierra se movió. Creo que, si no se hubieran conmemorado año tras año los sismos de 1985 y cómo la Ciudad de México -ante la ineficacia de las autoridades- se levantó a sí misma, los jóvenes de nuestra generación no habrían salido a ayudar como lo hicimos, hasta el punto que las autoridades (mucho mejor preparadas que hace treinta y cuatro años) nos pidieran esperar nuestro turno para ayudar.

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Unos días después del sismo, volvió a sonar la alerta debido a una réplica, y el miedo y la ansiedad resurgieron (cosa común en catástrofes como esta); incluso hubo dos fallecimientos, dos personas que ante el horror de volver a escuchar el terrible sonido sufrieron crisis nerviosas mortales, en un caso de condicionamiento clásico que terminó en tragedia. La experiencia ante eventos parecidos nos dice varias cosas al respecto, como que la probabilidad de sufrir secuelas psicológicas serias es mayor si uno ya padecía problemas psicológicos antes del desastre, o que quienes radican cerca de la zona de mayor destrucción o se vieron afectados en mayor medida (perdieron su casa o a algún familiar) son mucho más sensibles a cualquier cosa que esté relacionada con la catástrofe. La conducta prosocial es importante también en estos casos, cuyas secuelas se extienden en el tiempo. La probabilidad de sufrir consecuencias graves disminuye si uno tiene redes de apoyo firmes y cuenta con recursos de todo tipo para afrontar los momentos más duros, los que le siguen al terremoto. Esto significa que los momentos de mayor importancia para ayudar en caso de desastre, son los momentos en que no hay desastre alguno; cuando promovemos acciones que nos acercan y nos conectan con los demás.

Cualquier cosa que sirva para que nuestros compañeros humanos sobrevivan, cualquier cosa que sirva para ayudar, es bien recibida; no tenemos por qué esperar hasta el momento mismo de la tragedia. Tenemos muchas habilidades a favor. Usémoslas. No esperemos a que todo sea caos. Escribamos, hablemos, hagamos. Pero siempre en beneficio de los otros. Porque, como reza el título de aquel artículo del viejo conductista Roger Ulrich, “yo soy mi vecino y mi vecino es yo”.

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Ilustración de Víctor Solís
Referencias:
Biglan, A. (2015). The Nurture Effect. How the science of human behavior can improve our lives and our world. Oakland: New Harbringer.
Blanco, D. (2016). La evolución. El fenómeno más complejo del universo. España: RBA Coleccionables.
Galindo, E. (2010). Intervención de psicólogos de la UNAM Iztacala después de los sismos de 1985 en México. México: AMAPSI.
Palomares, E. & Campos, P.E. (2018). Impacto de los terremotos en la salud mental. Ciencia, 69(3), 48-55.
Skinner, B.F. (1980). Reflexiones sobre conductismo y sociedad. México: Trillas.
Tras alerta sísmica en CDMX, mueren dos personas por infarto. (23 de septiembre de 2017). El Sol de México. Recuperado de: https://www.elsoldemexico.com.mx/metropoli/cdmx/tras-alerta-sismica-en-cdmx-mueren-dos-personas-por-infarto-257039.html
Ulrich, R. (1979). La naturaleza del hombre y su control. Soy mi vecino, mi vecino es yo. En: S. Bijou & G. Becerra (Eds.): Modificación de conducta: aplicaciones sociales. México: Trillas.