Uno de mis momentos favoritos de los días en que asistía al diplomado en divulgación de la ciencia era el coffee break: un momento para distraerse un poco, estirar las piernas, comer galletas y, obviamente, tomar café. El coffee break es una de esas prácticas raras de las que uno no se pregunta nunca cómo surgieron; damos por sentado que han estado ahí desde siempre y continuamos con nuestras vidas. Pero la historia del coffee break es interesante: hasta donde sé, no habría sido la misma si cierto científico estadounidense no le hubiese puesto los cuernos a su esposa.

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Foto vieja pero con más amor que las que pululan en tu página de inicio de Facebook.

A principios de diciembre de 1919, y después de una oleada de frío, John B. Watson se disponía a comenzar sus experimentos con bebés que después lo harían mundialmente famoso. El hospital de la Johns Hopkins le había dado acceso a la casa Harriet Lane, y por tanto a los niños que ahí vivían. Watson seleccionó a uno en particular: un niño rechoncho de ocho meses cuya madre trabajaba en Harriet Lane. No podría haber momento de mayor excitación para un científico como el iniciar un experimento nuevo. Además, Watson tendría una nueva asistente, una jovencita de veintiún años recién titulada en Artes llamada Rosalie Rayner, quien tenía la intención de obtener un grado de psicología. ¿Qué podría salir mal?

Entretanto, las cosas en casa marchaban bien. Watson estaba casado con Mary Ickes-Watson, quien provenía de una familia importante de Baltimore: su hermano, Harold Ickes, llegaría a ser secretario del interior en 1932, bajo el mando de Franklin D. Roosevelt. Mary y John estaban casados desde 1901 y tenían dos hijos, también llamados Mary y John. La familia perfecta norteamericana de la década de los 20: el padre, un exitoso académico y psicólogo experimental; la madre, pariente directa de gente poderosa e influyente. Sin embargo, ese orden familiar estaba a punto de trastocarse.

Watson dio inicio a la primera etapa de su trabajo con Albert Barger la primera semana de diciembre de 1919, con Rosalie ya como su asistente. Sin embargo, el experimento con el niño no fue lo único que ocurrió en el laboratorio entre aquel diciembre y marzo del año siguiente. Verán, Watson tenía por aquel entonces cuarenta años, pero conservaba la energía de la juventud, y además era muy, muy apuesto. Rosalie, de veintiuno, también era muy atractiva. Pronto sucedió lo inevitable: mientras asustaban con sonidos fuertes y ratas a Albert, Watson y Rosalie cayeron víctimas de sus propias reacciones emocionales. Se enamoraron.

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Pero historias como ésta parecen seguir un patrón: Mary Ickes no era ninguna tonta y comenzó a sospechar que algo grave ocurría, que quizá existía una “otra” en la vida de su marido. Cuando la duda se hizo insoportable, Mary organizó una visita social a casa de Rosalie como excusa, y en un descuido de la primera (haciendo gala de habilidades de investigación que harían sonrojar a la mismísima Lizbeth Rodríguez), se coló en su habitación para encontrar hasta diez cartas de una cursilería insoportable, firmadas de puño y letra por Watson.

“Te deseo las 24 horas del día, y después pelearía con el universo para que los días fuesen más largos. Vámonos al polo norte donde los días y las noches duran seis meses cada uno.” “Sé que cada célula que poseo es tuya, individual y colectivamente. Mis reacciones totales son positivas y dirigidas hacia ti. Así también todas y cada una de las reacciones de mi corazón.”

El escándalo inició: Mary demandó a Watson buscando el divorcio, y los periódicos de toda la nación publicaron extractos de las cartas románticas. Y es que no sólo Mary tenía familia poderosa: Rosalie era nieta de un senador llamado Isidor Rayner. Watson estaba parado en terreno resbaladizo, sobre todo cuando el escándalo comenzó a alarmar a los administradores de la Johns Hopkins. Además, cuentan las malas lenguas que Mary no sólo encontró cartas, sino también evidencia (lecturas y grabaciones, principalmente) de que Watson y Rosalie habían comenzado a estudiar directamente, en su laboratorio, la fisiología de la sexualidad humana, adelantándose varias décadas al trabajo de Virginia Masters y William Johnson. Según esto, cuando Mary presentó la demanda de divorcio, Watson aceptó bajo la condición de que le devolviera las grabaciones; Mary aceptó, pero después cambió de opinión y destruyó los datos. Finalmente, Watson se vio obligado a presentar su renuncia, y después de un tortuoso proceso de divorcio, se casó con Rosalie una semana después de que el juicio terminara, el 31 de diciembre de 1921, y permanecieron juntos hasta la muerte de ella, en 1935.

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Así, Watson abandonaba su carrera en la academia, pero no por ello dejaba de ser conductista. Entró a trabajar en empresas, convencido de que sus deseos de controlar y predecir científicamente la conducta podrían rendir frutos en la publicidad y la mercadotecnia. Pronto se percató de que los intentos de apelar a la inteligencia ofrecían menores resultados que buscando influir sobre los deseos de prestigio y bienestar, a los que asumió universales dada “la ausencia de individualidad en la emergente sociedad de masas”, según sus propias palabras. Y, cuando entró a trabajar a la Maxwell House Company, importadora de café, en donde le fue solicitado que ayudara a incrementar la efectividad de los trabajadores, no tuvo mejor idea que emparejar el deseo de bienestar con el café en un eslogan que rezaba “Dese a sí mismo un coffee break y obtenga lo que el café tiene para darle”. Los trabajadores pausaban las labores durante unos minutos para ir por un café, la sustancia hacía el resto, y Maxwell House podía vender mucho mejor sus productos. Un poco de ciencia, grandes dosis de amor y pasión y drama en exceso dieron como resultado los mejores diez minutos que alguien puede experimentar en un día de trabajo. ¡Quién lo diría!

Referencias
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Hill, C.A. (2008). Human sexuality: personality and social psychological perspectives. California: SAGE.
Magoun, H.W. (1981). John B. Watson and the study of human sexual behavior. The Journal of Sex Research, 17(1), 368-378.
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Sternberg, S. (2002, diciembre 2). The coffee break, ‘Present at the Creation’. [Audio podcast]. Recuperado de: https://www.npr.org/templates/story/story.php?storyId=863399