“El amor no es suave, como esos poetas dicen.

El amor tiene dientes, y esas heridas nunca cierran”

-Stephen King.

“El amor es un animal salvaje, anida en los corazones rotos

y va de caza cuando hay besos y velas”

-Till Lindemann.

“Qué es el amor sino otro nombre

para el refuerzo positivo”

-Burrhus F. Skinner.

La primera vez que me enamoré, no fue como suelen narrarlo los poetas y los escritores de novelas empalagosas (Nicholas Sparks, por ejemplo). No hubo un flechazo ni un momento súbito de revelación; fue algo terriblemente gradual, lento, pero certero. Me pregunto siempre si para los demás el enamoramiento es igual. La respuesta que me viene a la cabeza es “por supuesto que no”, pero entonces paso a la otra pregunta lógica: “entonces, ¿cómo es?”. Nunca obtendré respuesta, eso es seguro. El amor es, quizá, uno de los fenómenos más complicados de entre todos los que conforman el bagaje de experiencias humanas. Pero un poco de luz es mucho mejor que total oscuridad, y en la caverna del amor, ya hay bastantes velas encendidas.

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Amor, pase al pizarrón por favor.
EL AMOR EN TIEMPOS DE LA EVOLUCIÓN

Lo seguro es que las emociones no son nada místico. Son parte de nuestro bagaje biológico y psicológico; cumplen alguna función. Prueba de esto es que compartimos emociones con muchos animales, y no fue otro sino Charles Darwin quien ponía la tilde sobre el hecho de que humanos y animales expresaban emociones y que, de hecho, éstas podían ser heredadas.

Recordemos que las especies necesitan reproducirse, por lo que sus miembros desarrollan, con el paso de los eones, formas de atraer a los miembros del sexo opuesto y asegurar la supervivencia de las crías, algunas llamativas y escandalosas, otras más sutiles y discretas. Los seres humanos desarrollamos, entre otras cosas, el amor, que, como afirma Rick de Rick & Morty, sería una suerte de trampa biológica para emparejarnos de manera exitosa y criar a la siguiente generación de homo sapiens también de manera exitosa (en términos biológicos). Así como el pequeño Albert sentía miedo de forma natural ante ruidos fuertes, así sentimos una reacción particular, fuerte, poderosa, en presencia de alguien, una emoción despertada por fuerzas más allá de nuestro tiempo pero que compartimos todos los seres humanos, tal como atestiguan tantas culturas alrededor del mundo. El amor parece ser universal, por lo que cabría suponer que apareció en algún momento de nuestra historia; no personal, sino colectiva: el amor surgió a lo largo de la historia de nuestros orígenes para permitirnos sobrevivir.

EL AMOR EN TIEMPOS DEL COMPORTAMIENTO

Creo que no exagero si digo que, para muchos de nosotros, el amor parece cosa de magia. Quizá por eso a muchas personas les resulte triste pensar en el amor como una obligación biológica destinada a procrear con más facilidad; no me extraña que Rick haya pronunciado semejante frase en una serie con claras tendencias pesimistas. Lo cierto es que la parte mágica, la que experimentamos, es lo interesante, pues es la que se va construyendo sobre los cimientos de la evolución. La parte mágica, en resumen, está hecha de miles de ladrillos con la palabra “interacción” tallada en ellos.

En este momento, les pediré que piensen en la palabra “amor”, y se detengan a observar lo que sucede por unos segundos. ¿A quién están viendo? ¿Sienten una reacción, como un agujero en el estómago? ¿Recordaron cosas? ¿O todo a la vez? Algunos psicólogos llaman marco relacional a lo que acaban de hacer. Un marco relacional es precisamente un comportamiento, no una cosa; lo hacemos ante ciertas señales del ambiente (cuando les pedí que pensaran en la palabra “amor”) y son, como ya lo han notado, imposibles de detener. Surgen durante nuestros primeros años, cuando los padres refuerzan la conducta de relacionar eventos y objetos entre sí, hasta que se establece y dejamos de no hacerla. Y a partir de ahí, a lo largo de nuestra vida, no sólo sentimos emociones y hacemos cosas, sino que enmarcamos emociones, cosas que hacemos y sucesos que nos ocurren de acuerdo con cómo se relacionan según nuestra muy personal historia (de ahí el nombre de marco relacional).

Por ejemplo, las parejas adultas podrían servir como modelos de cómo luce o cómo se comporta una pareja enamorada. Después, durante nuestra muy temprana exposición a La Bella y la Bestia, Shrek, La Sirenita o Frozen, lo que observamos y experimentamos al verlas se integra en nuestro repertorio; estando expuestos todo el tiempo a la cultura es inevitable que ciertas ideas y creencias no se arraiguen en nosotros. Y, cuando por fin experimentamos por primera vez el amor, se añaden nuevos nodos a la red en los que se conjugan los que ya estaban presentes y se crean otros nuevos. Como canta Amaia Montero en Rosas, quizá tirándose un poquito al drama: “y es que tiemblo al pensar que el amor verdadero es tan sólo el primero, y es que tiemblo al sospechar que los demás son sólo para olvidar”. La idea es que la primera experiencia propia con el amor se incorpora a nuestra red de comportamientos y sirve como base para futuras relaciones de pareja: en el caso particular de Amaia, con resultados francamente deprimentes.

Quizá, si quisiéramos representar una red de historias y comportamientos, de entre los millones de redes posibles, luciría algo así de tosco:

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La red relacional de una persona a quien le ha ido muy bien en el amor. ¡Y eso que aquí sólo hablamos de psicología…!

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De cualquier modo, ¿cuál es el sentido de estudiar un suceso tan bello y abstracto de forma científica? ¿No le quita, de cierto modo, su magia?

Quizá sí, quizá no. Al final del día, los científicos, que también son seres humanos, aman como el resto de nosotros, y están sujetos a los mismos fenómenos de los que acabamos de hablar. Tal vez haya aún poetas que sientan nostalgia por los tiempos pasados en que el amor era una fuerza interna imposible de parar, todopoderosa y eterna, y se vean asqueados ante la sola idea de poner al amor bajo la luz del microscopio. Pero dice la antropóloga Helen Fisher, una de las mayores expertas del mundo en la neurobiología del amor: “se pueden conocer todos y cada uno de los ingredientes de un pastel de chocolate, pero todavía nos gusta sentarnos a comerlo”.

REFERENCIAS
Hayes, S.C. & Brownstein, A.J. (1986). Mentalism, behavior-behavior relations, and a behavior-analytic view of the purposes of science. En: S.C. Hayes (ed.): The act in context: the canonical papers of Steven C. Hayes (2016), pp. 78-99. New York: Routledge.
Blackledge, J.T. (2003). An introduction to relational frame theory: basics and applications. The Behavior Analyst Today, 3(4), 412-433.
Kanter, J.W., Holman, G. & Wilson, K.G. (2014). Where is the love? Contextual behavioral science and behavior analysis. Journal of Contextual Behavioral Science, 3(1), 67-73
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