Dicen algunos chefs que la creatividad es una de las partes más importantes de su trabajo. Ellos no siguen al pie de la letra recetas previamente establecidas, sino que atraviesan constantemente la valla que separa lo conocido de lo nuevo, de lo original. Sí, tienen que tomar ingredientes que ya existen, pero también tienen que estar atentos todo el tiempo por si detectan una combinación nueva, un aroma atrapante, una sensación que no habían creado antes. Así, constantemente surgen platillos novedosos que deleitan e impactan al comensal. No estaría mal llamar científicos de la cocina a estos chefs.

Hace bastante tiempo, Francis Bacon comenzó a trabajar en la idea de una receta para cocinar ciencia. Eran unos pasos a seguir que garantizaban el éxito para cualquiera que los siguiera, y así, dejar “pocas ventajas a la superioridad del ingenio”, según sus propias palabras. Sin embargo, pronto quedó patente que esta nueva herramienta no encajaba a la perfección con el quehacer científico. Lo mismo ocurre con el método científico que nos enseñan en la secundaria, aquel que reduce la actividad científica a la implementación de seis insípidos pasos: convierte a la ciencia en una actividad simplona y sin chiste. No sólo eso: hay muchos ejemplos que nos muestran que, en ocasiones, la suerte es un factor importante en la ecuación.

El caso más popular es el de Alexander Fleming, científico británico quien, en 1928, al regresar a su laboratorio para terminar unos estudios con estafilococos que había empezado su colega Melvyn Price, se dio cuenta de que en una de las placas había crecido un moho, y que alrededor de ese moho no había nada de estafilococos. El hongo era el Penicillum chrysogenum, el hongo productor de la penicilina, antibiótico que desde entonces ha salvado millones de vidas. También famoso es el caso de August Kekulé, químico francés de relevancia, quien publicó en 1865 un artículoproponiendo que la estructura del benceno, un hidrocarburo líquido e inflamable, era la de un anillo de átomos de carbono. La propuesta de Kekulé fue de importancia para la investigación básica y aplicada en química, y no fue sino hasta veinticinco años después que Kekulé reveló, en una ceremonia dedicada a él, que antes de descubrir la estructura del benceno había tenido el sueño de una serpiente que se mordía la cola.

Pero como éste es un sitio de psicología, me di a la tarea de buscar ejemplos de azares en la historia de la disciplina, encontrándome con la sorpresa de que dos ejemplos encajaban perfecto con mi búsqueda y daban una respuesta a la pregunta del título de esta nota.

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Aunque no era exactamente psicólogo, sino fisiólogo, Iván P. Pávlov es recordado en las aulas de psicología por sus investigaciones con perros y por su influencia en otros psicólogos soviéticos como Luria y Leóntiev. Los trabajos por los que recibió el premio Nobel en 1904 estaban relacionados con los métodos que usó para estudiar con detenimiento el sistema digestivo, pero en el proceso descubrió –o mejor dicho, redescubrió– algo que cambió el curso de su carrera científica por completo: la ley del reflejo condicional.

He de detenerme un momento: Pávlov no fue el primero en reparar en este fenómeno. La primera mención –que no descripción científica– de este fenómeno se le puede atribuir, hasta donde sé, al poeta y dramaturgo español Félix Lope de Vega, en una escena del acto III de su obra El capellán de la Virgen, publicada en 1623. Siete años después, al filósofo René Descartes se le ocurrió un experimento imaginario tan similar al de Pávlov que provoca escalofríos; Descartes describió el uso de un violín en lugar de un diapasón, pero por lo demás, ambos experimentos, el imaginario y el que sí ocurrió, son idénticos. El aporte de Pávlov radica en que fue el primero en tejer un entramado teórico alrededor del fenómeno, creyendo que podía ayudarle a entender la actividad nerviosa superior, y, por tanto, la experiencia mental humana. Esta perspectiva fue la que lo animó a seguir estudiando los reflejos condicionales durante largo tiempo, y su trabajo sirvió de inspiración a otros científicos, como John B. Watson.

¿Qué fue lo que (re)descubrió Pávlov? El fisiólogo ruso desarrolló un procedimiento quirúrgico que le permitía recolectar la saliva de los perros casi directamente de la glándula, mediante un tubito que se insertaba a través de la mejilla del animal. El perro emitía saliva cuando tenía enfrente la comida, por supuesto, pero Pávlov reparó en aquel fenómeno sobre el que Descartes y Lope de Vega habían escrito doscientos años antes que él (si tenía conocimiento de los textos de estos autores, no lo sabemos): el perro también babeaba cuando veía a los encargados de alimentarlo. Pávlov inició entonces los experimentos en los que emparejaba el sonido de un diapasón con la presentación de alimento para hacer que el perro babeara ante el sonido del diapasón, y nombró todos y cada uno de los eventos que observó. Pero sobre eso escribimos en otro lado.

Hoy en día, cuando llega al consultorio un paciente con trastorno de estrés postraumático o ansiedad generalizada, se puede usar terapia de exposición en vivo o en realidad virtual para causar la extinción de la emoción perturbadora; hay investigadores trabajando en revertir el condicionamiento que causa las adicciones e incluso en mejorar la respuesta inmune del cuerpo humano; todos estos trabajos son lejanos herederos de la investigación de Iván Pávlov con los perros… investigación que surgió gracias a una observación incidental.

Pávlov es un ejemplo de un paso del método científico del que nadie nos habla en la secundaria: cuando encuentres algo interesante, olvida todo lo demás e investígalo. Quien lo bautizó fue Burrhus F. Skinner, otro viejo conocido del blog. Skinner es considerado como el psicólogo más influyente del siglo XX por el alcance de su obra. Parado en los hombros de gigantes como Edward Thorndike, John Watson y el mismo Pávlov, Skinner describió procesos conductuales que extrapolaría después a la vida cotidiana y, eventualmente, a la sociedad y a la cultura. Por esto, resulta curioso pensar que Skinner se encontró en algún momento en una situación similar a la de Pávlov, o incluso que, si Skinner hubiera seguido una receta al pie de la letra, quizá el resultado final podría haber sido muy diferente.

En la década de los 20, a principios de su carrera, Skinner comenzó sus estudios sobre el comportamiento trabajando con ratas en Harvard. Inició observando la conducta de un grupo de ratas en una caja anti-ruido con forma de Partenón (1) a las que dejaba salir un poco antes de dar un leve golpe que las hacía meterse de nuevo a la caja. Pero, cuando sus ratas “tuvieron ratitas”, olvidó la huida de los animales: construyó un aparato con forma de báscula (2) para medir los reflejos posturales de las crías, y luego construyó un delgado carril de dos metros y medio (3) para medir los movimientos de ratas adultas… que después remodeló y acortó con forma rectangular (4) con el único fin de no tener que tomar él mismo a la rata y llevarla de vuelta al inicio.

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En esta versión del aparato descubrió algo que llamó poderosamente su atención: las ratas se detenían en un punto del recorrido durante largo tiempo; al cronometrarlo, Skinner encontró cierto patrón, así que olvidó por completo lo referente al movimiento y a los reflejos posturales de las ratas para pasar a estudiar sus demoras. Remodeló una vez más el aparato (5) para que la rata se “autoalimentara”, haciendo que, cada vez que el animal pasara por cierto punto, se moviera como un subibaja y accionara el mecanismo que dejaba caer alimento dentro del túnel. Pero pronto Skinner se percató de que el túnel era innecesario, y lo eliminó para dejar a la rata libre dentro de una caja; eliminó el subibaja y colocó una palanca que accionaba el mismo mecanismo (6).

Así, una combinación de suerte, ingenio y buenas observaciones (y, por qué no decirlo, de cierto desdén por las hipótesis) llevó al desarrollo de la cámara de condicionamiento operante, a la publicación de La conducta de los organismos y, con el tiempo, al éxito de la carrera de Skinner. Tecnologías en terapia como la llamada metodología de Reno y la psicoterapia analítico-funcional (cuyo primer libro lleva el subtítulo de “amor, valor y conductismo”), intervenciones relacionadas con la salud pública y la psicología social como la desarrollada por Anthony Biglan, el desarrollo del Good Behavior Game que se aplica en salones de clase estadounidenses y reduce la posibilidad de que chicos provenientes de barrios de bajos recursos caigan en la delincuencia o en las drogas, y muchos otros logros, son posibles –en parte– gracias a la suerte y a la aguda observación de Burrhus F. Skinner. ¡Ninguna receta de cocina podría dar tan buenos resultados!

Sin embargo, así como hay quienes defienden que hay que prestarles atención a los accidentes y al azar en la ciencia, hay otros que argumentan que precisamente son los accidentes los que revelan a las personalidades más preparadas. Quizás otro químico habría podido soñar con ouróboros, pero por no ser igual de preparado como Kekulé esta visión le habría pasado desapercibida. Quizás Price, el colega de Fleming, habría desechado el cultivo que se había contaminado con moho. Quizás otro fisiólogo habría tachado como una curiosidad el hecho de que los perros babearan al no haber comida frente a ellos. Y quizá si Skinner no fuese habilidoso con las manos, o se hubiera quedado estudiando los movimientos posturales de las ratas, no habría desarrollado la cámara de condicionamiento operante. Quién sabe. Parece que Louis Pasteur tenía razón al declarar que “el azar no favorece más que a los espíritus preparados”. Quizás la ciencia tenga un método, pero algunos hitos de la ciencia, de la misma forma que algunos hitos en otros ámbitos de la cultura humana, se explican no gracias a la suerte, sino a la serendipia: cuando la amplia preparación y la buena suerte se conjugan y cambian el mundo.

¿Por qué La Rata & el Perro? Bueno, porque queremos contarle al mundo que la ciencia no es como nos la pintaron en la escuela. No siempre es datos-operación-resultado, sino que es mucho más rica e intrincada, en movimiento, deliciosa, a veces de difícil digestión, pero siempre nutritiva. Y dos de los pilares de la psicología científica moderna ocurrieron gracias a que no había ninguna receta que seguir. Pávlov y Skinner eran dos chefs, artesanos de la ciencia que crearon nuevas recetas y, al hacerlo, cambiaron nuestra perspectiva de nosotros mismos.

Referencias

De Régules, S. (2003). Las orejas de Saturno y otras crónicas de la ciencia. México: Paidós.

Keller, F.S. (1990). La definición de psicología. México: Trillas.

Maero, F. (2015, 10 de febrero). Condicionamiento clásico: la venganza de Pavlov. Psyciencia. Extraído de: https://www.psyciencia.com/condicionamiento-clasico-la-venganza-de-pavlov/

Matute, H. (2015, 9 de julio). El capellán de la Virgen y el perro de Pavlov. JotDown. Extraído de: https://www.jotdown.es/2015/07/el-capellan-de-la-virgen-y-el-perro-de-pavlov/

Skinner, B.F. (1956). Una historia de casos referente al método científico. En: A.C. Catania (comp.): Investigación contemporánea en conducta operante (1974), pp. 44-58.

Todes, D.P. (2014). Ivan Pavlov. A russian life in science. New York: Oxford University Press.

Tomé, C. (2017, 24 de diciembre). Un viaje a Serendipia. Cuaderno de cultura científica. Extraído de: https://culturacientifica.com/2017/12/24/un-viaje-a-serendipia/

 

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