¿Acaso no vuelan todos los encantos
al mero toque de la fría filosofía?
Una vez había en el cielo un arco iris tremendo;
conocemos su trama, su textura; está indicada
en el insulso catálogo de las cosas comunes.
La filosofía cercenará las alas de un Ángel,
conquistará todos los misterios con la regla y la línea,
vaciará el aire de fantasmas, y la mina de gnomos…
Destejerá un arco iris…
-John Keats, Lamia (1820)

 
Cuando el joven poeta John Keats y otros literatos ingleses acudieron a cenar a casa del pintor Benjamin Haydon, en 1817, apenas comenzaba un siglo de pasmosos descubrimientos y avances en la ciencia. Todavía se sentía el peso de los dos siglos anteriores, testigos de los trabajos de Newton, Volta, Lavoisier, Galileo y Dalton, entre otros. Como consecuencia, la ciencia había ido avanzando en sus descripciones de la naturaleza… muy a pesar de escritores y poetas. Por eso, no es raro que los invitados a la casa de Haydon se sintieran contrariados al ver que el pintor plasmara a Newton en una de sus obras. Hubo discusión, y en cierto momento Keats, alzando su copa, pronunció: “¡confusión a la memoria de Newton!”. Uno de los presentes, William Wordsworth, quien tenía en mejor estima a la ciencia, le preguntó el motivo de sus palabras. Keats respondió:
—Porque destruyó la poesía del arco iris al reducirlo a un prisma.

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HOLA FENÓMENO ÓPTICO Y METEREOLÓGICO BELLÍSIMO

No fue la primera vez ni la última que un literato, poeta, filósofo o artista dedica palabras duras hacia la ciencia. D.H. Lawrence, escritor y poeta, dijo: “el conocimiento ha matado al Sol reduciéndolo a una bola de gas con manchas. El conocimiento ha matado a la Luna diciéndonos que es una pequeña Tierra muerta, llena de cráteres que la hacen parecer que tuvo viruela […] el mundo de la razón y la ciencia es el mundo seco y estéril en que viven las mentes abstractas”. El conocidísimo filósofo Friedrich Nietzsche se quejó de que la revolución científica causó una “desvalorización del hombre”, de dejar de creer en nuestra “dignidad, unicidad e insustituibilidad en el esquema de la existencia” y, de alguna manera, “negaba la vida” (?). Estas visiones han calado hondo no sólo dentro de los círculos literarios y académicos, sino también afuera, en la calle; ahora tenemos al monstruo de Frankenstein y el dolor que infligió a su creador, a la corporación Umbrella como causante de una catástrofe en Racoon City y una quinta entrega de Jurassic Park recién estrenada en la que híbridos creados genéticamente escapan al mundo.

Démosle un punto a Lawrence por señalar que la ciencia es abstracta. Con el paso del tiempo, la ciencia se ha especializado a tal punto que parece hablar de cosas muy lejanas –o totalmente contrarias- a la experiencia diaria: evolución, quarks, moléculas, equivalencia de estímulos, átomos, estrellas de neutrones, sinapsis… palabras extrañas que se entienden después de años de preparación, una cosmovisión entera que permea el andar de los practicantes de la ciencia en su afán de conocer -de alguna forma- cómo es y cómo funciona el mundo. Pero más allá de eso, ¿hay alguna otra justificación en las palabras de Lawrence hacia el conocimiento? ¿El Sol era mejor antes de que supiéramos que las reacciones de fusión en su núcleo nos mantienen vivos gracias a que nutren a las plantas con que nos alimentamos? ¡Y qué decir de las arrogantes palabras de Nietzsche! ¿No son un alegato, por flojo que sea, para dormirnos en nuestros laureles, olvidarnos de la naturaleza y de la Tierra y regodearnos en nuestra imaginaria autoconfianza? Nietzsche habla de una supuesta unicidad nuestra, pero ¿qué hay de los neandertales, denisovanos y hobbits, humanos con quienes alguna vez compartimos hogar? ¿Y qué pasaría con nuestra unicidad si alguna vez llegamos a encontrar vida compleja fuera de nuestro mundo?

Hacer ciencia es moverse entre las fronteras de lo establecido y lo desconocido; es trasgredir constantemente los límites de lo que creemos que sabemos. Desde el principio de su historia fue así; era de esperar que algunos filósofos, poetas, teólogos, escritores y religiosos se sintieran atacados por los recién llegados, quienes comenzaron a decretar que muchas de las creencias hasta entonces sostenidas eran falsas: objetos que obedecen a leyes y no a espíritus, estrellas que son soles y planetas, y nuestro Sol como una estrella más entre millones en nuestra galaxia, ¡que además no es la única galaxia en el Universo…! También enormes animales que ya no existen, especies que cambian después de millones de años, vida diminuta sobre y dentro de nosotros, y el atroz descubrimiento de que no fuimos elegidos para gobernar sobre los animales, sino que somos una especie más, y de que estamos unidos al resto de formas de vida en la Tierra de la forma más íntima posible.

¿Es que estos científicos no pueden dejar de arruinarlo todo? ¡Al menos nos queda lo humano como bastión del misterio contra estos aguafiestas!

¿De verdad?

Hace ya bastante tiempo que la ciencia se metió con lo humano. Sin embargo, desde los primeros pasos de la psicofísica y de la fisiología hasta el desarrollo de la psicología científica a manos de Thorndike, Watson y Skinner (entre muchos otros), el estudio de lo humano ha encontrado detractores y críticas fuertes… muchas veces basadas en tristes caricaturas. Por ejemplo, la profesora Margarita Rivera escribe:

“Dentro del enfoque conductista el hombre es reducido a las funciones fisiológicas, en el caso de James, a los reflejos, en Pávlov, y a la conducta, en Skinner. Vemos así que para estos autores el hombre no es sino un organismo simple que se encuentra en una relación causal estímulo-respuesta, deshumanizado, reducido al estatus de una máquina sin voluntad y sin subjetividad […]”

Creo que es justo trazar un paralelismo entre esta cita y las palabras de Keats, Lawrence y Nietzsche. Suena como una crítica demoledora, pero antes de aceptarla podríamos hacernos unas preguntas: haciendo de lado el error de creer que la psicología científica es simple estímulo-respuesta, ¿qué es la voluntad? ¿Y la subjetividad? Mucho más importante: ¿qué es lo humano? ¿Qué es eso que esta perspectiva supuestamente nos arrebata? Parece que ella lo sabe muy bien (aunque no lo menciona en ningún lado de su texto); de lo contrario se habría abstenido de escribir ese párrafo.

Pero la psicología bajo el prisma conductista revela otra cosa, muy diferente a las palabras huecas de Rivera. Cuando realizamos un concienzudo análisis funcional de cualquier comportamiento y somos capaces de dilucidar las variables que lo están influyendo y manteniendo, y tenemos la posibilidad de modificarlo según nos acerque a lo que nos importa; cuando nos damos cuenta de que todo lo que nos hace diferentes entre nosotros -nuestra historia y nuestro modo de interactuar con el mundo- surge de los mismos procesos conductuales; cuando un niño comienza a hablar en la misma forma y tono que sus padres, o cuando una persona desarrolla una adicción, nos revela el vínculo tan íntimo que nos une a los demás, hoy en día menospreciado por la literatura individualista de superación personal y de emprendimiento (conceptos huecos de creacionismo psicológico); cuando atisbamos que los logros y fracasos de la humanidad se pueden explicar sin recurrir a entes sobrenaturales dentro de nosotros; cuando todo esto ocurre, sentimos una sensación de humildad ante la naturaleza,  un deseo  -pero también una responsabilidad- de actuar en beneficio de los otros, lo que además exacerba un sentimiento de espiritualidad (Carl Sagan se dio cuenta hace tiempo de que podemos usar esa palabra sin ninguna connotación sobrenatural o religiosa: espíritu proviene de la palabra latina “respirar”; ¿qué es lo que respiramos? Aire, compuesto de materia, ¡una conexión más con el mundo!).

La ciencia se convierte entonces en fuente de una profunda espiritualidad, así como de una poesía tan maravillosa como la que manaba de la pluma de Keats. Por ejemplo, Burrhus F. Skinner, en su libro de 1971 Más allá de la libertad y la dignidad, respondió a Keats diciendo que el arco iris siguió siendo tan bonito como siempre después de Newton, “y para muchos llegó a ser incluso más bello”. Yendo más allá, Richard Dawkins bautizó uno de sus libros en honor a un poema de Keats: Destejiendo el arco iris, publicado en 1998; según Dawkins, no es sólo que después de Newton el arco iris fuese mucho más bello para algunos, sino que el trabajo de Newton con la luz llevó a la espectroscopia, una técnica que permite determinar la composición de una muestra, y que es la responsable de que sepamos de qué están hechos los planetas y las estrellas: de los mismos elementos químicos de los que nosotros estamos conformados. La frase más hermosa en la historia de la divulgación científica, que revela lo profundo de nuestra conexión con el Universo y de la labor científica (“Estamos hechos de materia estelar”), no existiría si Newton no hubiera reducido el arco iris a un prisma.

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¿De qué está hecho un violín? De trozos de madera e
intestinos de cordero. ¿Banaliza y rebaja la música su
construcción? Al contrario, la exalta aún más.
-Julian Barnes

No todos los artistas han querido alejarse de la ciencia como Keats. Es más, algunos han incluido temas, conceptos y conocimientos científicos como parte de sus obras, a sabiendas o sin querer queriendo. No hay ningún ejemplo que haga tanta justicia al tema que tratamos en esta nota como el de la portada más famosa de toda la discografía de Pink Floyd: el álbum The dark side of the moon muestra un rayo de luz golpeando un prisma y dividiéndose en el espectro que lo componía. Los Rolling Stones mencionan al condicionamiento respondiente en su canción Bitch!. Y, hablando de este mismo proceso, Marcel Proust lo describe con total claridad en un fragmento de su libro En busca del tiempo perdido. La pintora méxico-española Remedios Varo usó iconografía científica de su época en sus pinturas; no es raro ver algunos de sus trabajos en obras de divulgación científica. Incluso fungió como ilustradora entomológica en una expedición a Venezuela. Jules Verne, el literato científico por excelencia, no podía quedar fuera; usó la ciencia con tanta maestría dentro de sus novelas de aventuras que es considerado uno de los padres de la ciencia ficción.

Estos ejemplos nos muestran que, sin importar si lo hace un científico, un filósofo o un poeta, separar la ciencia de otras actividades humanas obedece más a prejuicios e ignorancia acerca de su funcionamiento, métodos y objetivos, y le presta un flaco servicio tanto a la ciencia como a las humanidades. Ambas se necesitan mutuamente. La ciencia no le quita la magia al mundo, que de por sí es maravilloso: siempre le suma. La ciencia no es deshumanizante; al contrario, es humana. Demasiado humana.

Referencias.
Dawkins, R. (1998). Destejiendo el arco iris. Barcelona: Tusquets Editores.
Guzmán, R. (2017). Ciencia, tecnología y sociedad en el siglo XIX: el concepto de energía, su historia y sus significados culturales. Revista de Humanidades, 26(1), 146-178.
Ramiro, M. (2012). John Keats, el hombre que dividió a la humanidad en dos. Recuperado de: https://www.jotdown.es/2012/12/john-keats-el-hombre-que-dividio-la-humanidad-en-dos/
Rivera, M. (2012). Concepciones de hombre en la psicología. En: S. López (coord.), Formación de estudiantes en psicología. Una propuesta metodológica (pp. 65-86). México: FES-Iztacala
Sagan, C. (1997). El mundo y sus demonios. España: Editorial Planeta.
Sánchez, A.M. (1998). La divulgación de la ciencia como literatura. México: DGDC
Skinner, B.F. (1972). Más allá de la libertad y la dignidad. España: Fontanella.
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