De que hay taquerías casi en cada esquina de México, las hay. Y casi todos nos hemos parado en una a degustar lo variado de su menú, mientras observamos el hipnótico ir y venir de las manos del habilidoso chef y escuchamos su conversación con los comensales o con sus compañeros de oficio, muchas veces salpicada de anécdotas, de chistes y de risas alegres; apenas se ven interrumpidos por el siseo de las carnes remojándose en aceite y del ruido sordo que produce el cuchillo al chocar contra la madera. Las taquerías son mágicos lugares donde el tiempo se detiene y lo cotidiano se vuelve asombroso, lo que los vuelve un lugar perfecto para observar el comportamiento humano.

Imaginemos una taquería cualquiera; quizá la que el lector conoce mejor. Apenas se acerca al local y ya babea ante el familiar aroma de la carne asándose. El taquero, sin dejar de golpetear con el cuchillo, pregunta a voz en cuello:

—¿Cuántos, joven?

Hace usted su pedido (“Cuatro de pastor con todo”, porque cinco es demasiado, al menos por ahora), y, mientras el taquero se dispone a cumplir sus deseos de carne y tortilla, da un vistazo alrededor. Un comensal acaba de darle una mordida a su taco, y mientras toma una servilleta para limpiarse la grasa de la mano, pide un refresco para bajarse la comida (“¡dame una Coca carnal!”). Más allá, una familia –una pareja con sus niños- también está saciando su hambre; los pequeños no paran de hablar y de reírse. Su diálogo va subiendo de tono hasta que comienzan a pelearse, y uno termina tirándole el taco al otro mientras lo llama tonto; de inmediato recibe tremendo zape en la coronilla, y he aquí que el lector ahora tiene enfrente dos niños llorando, uno por agresor y el otro por agredido. ¿Por dónde empezar a observar?

Quizá deberíamos comenzar por señalar al taquero como uno de los más hábiles analistas conductuales en la escena.

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El don sabe modificar la conducta mejor que muchos psicólogos. Fotografía tomada por Rafael Arriaga

 

SALADO, SALADO

Así es, ese hábil taquero sabe muy bien cómo modificar la conducta y hacer más probable que sus comensales compren una Coca Cola. Pero no lo hace porque haya estudiado una maestría en Análisis Experimental de la Conducta. Lo hace por una razón muy sencilla: porque le funciona, aunque no sepa científicamente por qué. Es un buen ejemplo de lo que llamamos tradición. En muchas ocasiones, la tradición es el paso previo al conocimiento científico de un fenómeno; sin embargo, esto no significa que el conocimiento científico sea superior o mejor que la tradición, pues en sus respectivos ámbitos cumplen una función importante.

En la taquería, el cocinero está haciendo un uso tradicional de las operaciones motivacionales incondicionadas, operaciones que aumentan el valor reforzante de recursos básicos que necesitamos para el buen funcionamiento de nuestro cuerpo, como agua y comida (y sexo, pero uno no va a una taquería a ligarse al chef, por Dios). El taquero podría dejar al lector sin beber durante largo tiempo o realizar una intervención quirúrgica en nuestro cerebro, pero como ninguna de estas medidas está a su alcance, usa métodos menos invasivos: prepara la comida y las salsas con mucha sal, y además, deja un salero por ahí y por allá, como quien no quiere la cosa, bien disimulado entre los servilleteros y los limones. La sal es una sustancia que puede alterar el valor reforzante del líquido; en otras palabras, nos da una sed que hemos de saciar en el momento. Y como aquel comensal que acababa de morder su taco no llevaba agua consigo y el refresco es dulce y delicioso, las refresqueras ven en una taquería una oportunidad dorada. Aunque, como me señaló mi amiga Cristina un día que nos paramos a comer taquitos de pastor en la calle, el líquido que uno escoja depende más de nuestra historia previa con taquerías y de otros factores -¿pueden creer que a Cristina no le gusta el refresco? ¡Jum!

CASTÍGAME

No sólo vimos fenómenos apetitosos en nuestra taquería; recuerde usted que también observó a un niño siendo castigado. Durante nuestro paso por esta vida, aprendemos que para detener un comportamiento basta con el castigo. Somos unos profesionales del castigo cuando alguien no se comporta como quisiéramos: si el niño maltrata a su hermano, le damos un zape; si la hermana se mete a nuestro cuarto, le dejamos de hablar; si un compañero no para de decir tonterías, el grupo lo condena al ostracismo. El problema con el castigo es que por sí solo no basta para que haya cambios duraderos en la conducta; además, tiene efectos secundarios tales como comportamientos agresivos hacia otras personas (“no me importa quién me la hace sino quién me la paga”), o efectos íntimamente relacionados con las emociones: si el niño que usted observó es golpeado con frecuencia, no sería de extrañar que desarrollara, en el corto plazo, un miedo generalizado que interfiera con otros aspectos de su vida, e incluso, en el largo plazo, una aversión a llorar en el futuro; no por nada B.F. Skinner y otros psicólogos recomiendan evitar el castigo como forma de modificación de conducta.

“¡MUFASA! ¡UHHHH…!” PALABRAS Y EMOCIONES

Por otro lado, hay un fenómeno que, a pesar de su aparente nimiedad, ha mostrado su valía en las explicaciones de muchísimos fenómenos… entre ellos, las emociones. ¿Y si le dijera al lector que la conducta respondiente está siempre ahí, actuando, aunque nos guste creer que no somos perros de Pávlov?

En nuestra taquería, la conducta respondiente apareció en cuanto el lector llegó al lugar y percibió por primera vez el delicioso aroma de la carne asándose, y vio el enorme y ancho trompo de carne al pastor girando al fuego. Es un ejemplo algo evidente –babear por carne, muy pavloviano el asunto-, pero esta conducta apareció de nuevo unos momentos más tarde: cuando uno de los niños recibió un coscorrón por llamar tonto a su hermano.

A veces usamos algunas palabras para herir y somos heridos por usar otras, pero, ¿cómo es que un sonido pronunciado por un homo sapiens parecido a nosotros puede hacernos sentir tan mal? Hay muchas explicaciones posibles, por supuesto; una de ellas vino de la mano de Arthur W. Staats, de su gata Max y de una serie de experimentos.

Cuando todavía era estudiante, Staats, interesado en el lenguaje como fenómeno conductual, entrenó a Max para que se bajara de la mesa y no rasguñara los sillones. Sólo tuvo que decirle “¡NO!” al mismo tiempo que le daba un golpe con un periódico enrollado. Se supone que el golpe desencadenaba reacciones internas desagradables, pero Staats no disponía de los medios para averiguarlo; sólo podía ver a Max huir del lugar. Con el tiempo, bastaba con decir “¡NO!” para observar la misma reacción. Años más tarde, cuando ya era profesor en la Universidad de Hawái, Staats pudo conducir varios experimentos con el equipo adecuado para medir las reacciones internas desagradables, que, él suponía, eran la base de las reacciones emocionales ante las palabras. En uno de sus experimentos, Staats logró hacer que a los participantes les sudaran las manos ante el sonido de la palabra largo, gracias a que emparejó dicha palabra con un ruido fuerte y breves choques eléctricos en el brazo de los participantes. Al finalizar el experimento, éstos reportaron que la palabra, además de mojarles las manos, les producía una sensación de malestar, sin importar si se dieron cuenta o no del objetivo del experimento.

¡Imaginemos entonces la vastedad de eventos que ocurren cerca de nosotros todos los días, a todas horas, y que dependiendo de si son aversivos para nosotros o no, pueden terminar por moldear incluso nuestras reacciones ante una simple palabra!

Quizás para el niño en la taquería la palabra tonto que le espetó a su hermano le provocará  malestar en un futuro debido al golpe; quizás al ofendido también, pero por razones diferentes. Quizás el lector ahora esté pensando en una persona a quien le molestan mucho las groserías; bien pudo ser que, como Max o como nuestro niño malhablado, tuviera malas experiencias con ellas. O también puede ocurrir que esa persona ha sido educada para pensar que son malas y ha ido formando una red relacional que regula su comportamiento cuando alguien pronuncia una grosería… pero esa historia llegará en otro momento. Por ahora, quizá sea tiempo de dejar la taquería.

Como decía Ortega y Gasset, yo soy yo y mi circunstancia. Atender a una persona y a sus circunstancias nos permite comprender por qué esa persona es, por qué actúa como lo hace y no como nosotros quisiéramos que actuara; por qué atiende a tradiciones, por qué castiga, por qué ofende o es ofendida, y mucho más. En última instancia, atender a las circunstancias quizás nos haga sentirnos unidos de algún modo a esa persona, pues, efectivamente, somos parte de esas circunstancias. Estamos ahí. Usted, querido lector, acaba de atestiguar las circunstancias que ocurrieron en una taquería cualquiera, quizá la de su preferencia, en un día cualquiera. Detuvimos el tiempo por un instante para examinarlas a profundidad, pero la conducta, así como el tiempo, no se puede detener. Siempre está ocurriendo. ¿No es eso maravilloso?

REFERENCIAS
Cooper, J.O., Heron, T.E. & Heward, W.L. (2014). Applied behavior analysis. Essex: Pearson.
Martin, G. & Pear, J. (2008). Modificación de conducta. Qué es y cómo aplicarla. Madrid: Pearson Educación.
Millenson, J.R. (1977). Principios de análisis conductual. México: Trillas.
Staats, A. (1983). Aprendizaje, lenguaje y cognición. México: Trillas.
AGRADECIMIENTOS: La idea para esta nota vino de un post de Objetividad y Psicología publicado el 30 de abril del 2017. Asimismo, quisiera agradecer a Rafael Arriaga por permitirme usar su foto.