En algún lugar, un pequeño niño estaba lidiando con los deberes del hogar. Como muchos niños, olvidaba poner las cosas en orden en su habitación, y su madre, como muchas madres, detestaba hasta el punto de la repulsión el pijama desordenado, desparramado sobre la cama. Todas las mañanas, su madre subía a la habitación para verificar si todo estaba en orden; de no estarlo, lo llamaba en voz alta para que subiera a recoger el pijama y lo pusiera en su lugar… sin importar que él estuviera a medio desayuno.

La familia de este buen muchacho estaba suscrita a un periódico, el Philadelphia Inquirer, que publicaba los dibujos de un tal Rube Goldberg. Goldberg es famoso hoy por haber diseñado máquinas ridículamente complejas que realizaban tareas muy simples, como poner la pasta sobre el cepillo de dientes, cambiar el canal sin control remoto o tomar una foto grupal. Hoy, las máquinas de Goldberg son populares en algunas clases de física (no a la que yo fui, eso seguro) para demostración de, por ejemplo, algunas leyes del movimiento.

Quizás la tarea de colgar el pijama entre en la categoría de tareas muy simples, pero aun así a nuestro protagonista se le olvidaba hacerlo –sin duda tendría otras cosas más importantes qué hacer, como todos los chicos de su edad; entre ellas, desayunar sin interrupciones. Así que, inspirado por las ilustraciones de Goldberg, diseñó un elaborado sistema que le permitiría recordarse a sí mismo colgar el pijama.

Como la puerta del clóset estaba junto a la puerta de su habitación, puso un clavo en cada una y los unió mediante un hilo. En el extremo del hilo que colgaba en la puerta del clóset colgó un gancho, el gancho donde debería ir el pijama. En el otro extremo del hilo colocó un letrero en el que ponía “Cuelga el pijama”. Si el pijama estaba efectivamente colgado, el letrero subía y desaparecía de la vista; caso contrario, el letrero se hacía presente a mitad de la puerta y el chico se veía obligado a detenerse para realizar su tarea. Obvio quizá, pero efectivo. Los desayunos no volvieron a interrumpirse.

Tal vez nos parezca producto de una mente creativa, pero nada más lejos que eso. La idea de crear un sistema para recordar los deberes no surgió dentro del chico, sino que vino influida por los dibujos de Goldberg en el periódico y sólo era cuestión de buscar los materiales necesarios para satisfacer una necesidad. Quizás experiencias como ésta hayan influido en el trabajo posterior del niño como psicólogo: Burrhus Frederic Skinner siempre buscó soluciones prácticas a necesidades reales, evitando las explicaciones mentalistas y teniendo en cuenta el medio ambiente en el que nos desenvolvemos todos los días.

REFERENCIAS
Skinner, B.F. (1980). Autobiografía, volumen I. Detalles de mi vida. Barcelona: Fontanella.