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De algún lugar al fondo de la habitación me llegan los nombres de Hipatia de Alejandría y Malala Yousafzai; las voces de Marie Curie y de Sor Juana Inés de la Cruz, conocidas pero imaginadas, resuenan con especial fuerza este día. Y qué decir de Rosa Parks y su desobediencia civil, de Marta Lamas y su incansable activismo, sin dejar de lado, por supuesto, a todas esas mujeres que ustedes y yo conocemos, a las que vemos frente a frente y con quienes caminamos lado a lado en la vida diaria. ¡Cuántas mujeres furiosas, hartas de que se las destine a una vida de menoscabo, incluso de esclavitud, deciden alzar la voz, levantar el puño y decir “we can do it, negándose a ser condenadas a la debilidad eterna! ¿Alguna vez se habrán preguntado, en medio de su lucha, por qué el mundo es así? ¿Por qué los hombres dominan a las mujeres, y por qué lo han hecho con tal impunidad durante siglos?

Yo supongo que no. En lo concerniente a los asuntos humanos, por lo general, hay poco tiempo para preguntarse las causas; vivimos pocos años y los días aumentan la velocidad sin piedad; antes de lograr el máximo entendimiento ya nos hemos estrellado contra el muro de las décadas. Cuando el bienestar de las personas está en juego, tendemos a actuar antes que entender; detener el sufrimiento y garantizar el bien se vuelven labores más importantes y nobles que desmontar la maquinaria detrás del dolor.

Sin embargo, quizás en algún momento de la lucha tengamos que explicar contra qué luchamos, y corremos el riesgo de inventar explicaciones que no expliquen.

Estas explicaciones son muy populares en la psicología; sin embargo, algunas de sus hermanas padecen también esta enfermedad. En el campo de los estudios de género aparece una explicación circular, digna de un thriller de Dan Brown; digamos, La conspiración: un término que pretende describir el dominio casi universal de hombres sobre mujeres: el patriarcado, un sistema compuesto por costumbres, tradiciones, leyes, hábitos, ideas y símbolos y que oprime de manera sistemática a las mujeres desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, más allá de su aparente poder para explicar la dominación masculina, se encuentra un razonamiento circular como el de abajo.

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Pie de gráfico del gráfico de idea circular número 1.

 

Puesto en palabras: el patriarcado no es la explicación última de la violencia machista, sino que es parte de lo que debe ser explicado.

Insatisfecho por este mismo razonamiento, un antropólogo se puso a trabajar.

Marvin Harris estaba convencido de que todo sucede por algo cuando de cultura se trata, y que ese algo estaba en el medio ambiente de las personas. Influido principalmente por un viejo conocido nuestro, Burrhus F. Skinner, y por el siempre presente Karl Marx, Harris se hizo famoso por proponer que las prácticas culturales son la manera que tenemos para solucionar problemas de la vida cotidiana, relacionados generalmente con el clima, la geografía, la demografía o el acceso a los recursos. Además de proponer una antropología muy cercana al materialismo que exige la ciencia, Harris nos mostró que la ciencia misma, a pesar de ser un producto de la cultura humana, puede usarse para estudiar e incluso resolver problemas reales, visión que comparte con el buen Skinner.

En el transcurso de sus investigaciones, Harris negó que la hegemonía masculina fuese causada por alguna razón genética que obligase a los hombres a dominar a las mujeres; sin embargo, también negó que fuese el producto de una especie de conspiración mundial en la que participan todos los seres humanos con pene. Para Harris, la razón de esta supremacía se encuentra en situaciones más mundanas y terrenales, y tiene que ver con la guerra.

Estudiando culturas primitivas de diversas partes del mundo, como los yanomami en Brasil, así como acudiendo a datos históricos, Harris nos dice que la opresión femenina comenzó en una época en que las armas principales para combatir en la guerra dependían directamente de la fuerza muscular de su portador: la honda con la que David mató a Goliat sólo pudo ser blandida por el brazo de un homo sapiens macho, ya que, tanto entre los más monos de nuestros primos como en nosotros, los machos tienden a tener un mayor promedio de peso y fuerza. Eran los tiempos en que la supervivencia de la aldea dependía tanto del número de soldados disponibles para defenderla, como del entrenamiento que recibían.

Pero sin una buena motivación, el entrenamiento no tenía sentido. Había que hacer que los machos quisieran salir a defender la aldea, y esto se logró mediante un eficiente programa, llamémoslo así, de reforzamiento, en el sentido más skinneriano de la palabra: los hombres que se mostraran más agresivos, aquellos que se enfrentasen cara a cara con el enemigo y vencieran, serían reforzados con esposas y concubinas. No hay ningún vínculo entre sexo y agresión, dice Harris, más que el creado artificialmente por un sistema social machista que moldea el comportamiento de los hombres que lo componen. De esta manera ocurrieron dos cosas: la primera, que los grupos liderados por hombres comenzaron a formar alianzas y adueñarse de los recursos de la comunidad; y la segunda, que lo masculino comenzara a verse como sinónimo de activo o fuerte, mientras que lo femenino fuese considerado sinónimo de pasivo; es decir, el surgimiento de justificaciones rituales, políticas o incluso religiosas para la nueva disposición social en la que los hombres salían a matarse entre ellos mientras las mujeres permanecían en casa, aguardando a ser usadas como recompensa para la violencia ejercida por sus esposos. Contrario a la visión popular en la que la abnegada madre se queda a vigilar la guarida por algún instinto invisible y paralizador de maternidad mientras el padre sale a conseguir el sustento para la familia, o a aquella en la que de la nada los hombres subyugaron a las mujeres, la visión de Harris se torna parsimoniosa, uno de los requisitos para poder incluirla en un corpus científico de conocimientos.

Pero, toda esa belicosidad comienza a esclarecerse cuando se habla de la sobrepoblación.

La guerra y la supremacía masculina no eran más que herramientas que permitirían a las primeras aldeas salvarse de un problema mucho más grave que las escaramuzas de una aldea enemiga: la sobrepoblación. En una época sin métodos anticonceptivos eficaces y en la que abortar era también sinónimo de suicidarse, un grupo compuesto en su mayoría por mujeres representaba un riesgo para sí mismo y para los recursos de la aldea debido a la capacidad reproductiva de dichas mujeres, que podían multiplicar exponencialmente el conteo de habitantes en muy poco tiempo y acabar con plantas y animales, causando con ello la desaparición de su pueblo. Por tanto, la humanidad ideó un macabro pero exitoso método para evitar los terribles efectos de la sobrepoblación: el infanticidio femenino, práctica que ha estado presente en la mayoría de las culturas del mundo… incluyendo la Europa del siglo XIX. Se cría a todos los hombres posibles, que marcharán y morirán en la guerra, mientras que se cría sólo a las mujeres indispensables para mantener la población y recompensar a quienes regresen.

Quizás tiene sentido pensar que el machismo de nuestros tiempos es una especie de horrorosa herencia lovecraftiana; una deuda que seguimos pagando gracias a lo que hicieron nuestros ancestros, pero al menos hemos echado luz sobre el porqué de la existencia de uno de los males más dañinos de nuestra época. Ante la hipótesis de Harris, el machismo no es más que una adaptación cultural que en su momento fue de gran utilidad para la supervivencia de nuestra especie. No hay ningún culpable en la existencia del dominio masculino, pero sí es responsabilidad nuestra deshacernos de él. Quizá sea el momento de comenzar a plantearnos el diseño de culturas propuesto por Skinner hace más de sesenta y cinco años y enriquecerlo con todos los aportes que la antropología y la sociología puedan hacerle, para así iniciar la construcción de un mundo del que nos podamos sentir orgullosos.

Estamos en un momento único en la historia de nuestra especie: tan cerca de desterrar al machismo gracias a la proliferación de los métodos anticonceptivos y el nacimiento de los movimientos pro-aborto, así como de la continua lucha a favor de los derechos de la mujer y de grupos minoritarios y discriminados; sin embargo, también estamos lejos de lograrlo gracias al resurgimiento de movimientos retrógradas y conservadores que mueven a millones de personas desde la ignorancia. El conocimiento de nosotros mismos, sin complejos y sin explicaciones ficticias, es nuestra mejor arma; de hecho, puede que sea la única. La lucha es diaria y constante; sólo hoy hacemos una pausa para reflexionar y mirarnos en el espejo de aquellas que lucharon antes que nosotros.

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REFERENCIAS
Harris, M. (13 de noviembre de 1977). Why men dominate women. The New York Times, pp. 13-14
Harris, M. (2013). Vacas, cerdos, guerras y brujas. Madrid: Alianza Editorial
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