El bebé parpadeó cuando un hombre alto, de rostro adusto y cabello negro, entró en su campo visual. El hombre usaba lentes de montura gruesa y tenía una expresión dura; su camisa blanca era impoluta, sostenía en la mano una correa, y al final de la correa estaba atado un mono con los ojos bien abiertos. El bebé no le apartaba la vista al animal; nunca había visto un mono. Nunca había visto muchas cosas, en realidad: tenía ocho meses de edad. Era un crío de mejillas sonrosadas, rechoncho y de nariz pequeña y chata, con unas cejas delgadas y curvas como un arco. Sentado sobre una manta, con unas manos femeninas sosteniéndolo por la cintura, el bebé no era consciente de que en aquel momento estaba siendo parte de un experimento que, a la postre, se convertiría en uno de los más famosos y polémicos de la historia de la psicología.

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Sip, ÉSE experimento.

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Una tarde del año 2009, en el cementerio de la Iglesia de los Hermanos Locust Grove, tres personas se detienen frente a una lápida de piedra gris desgastada y cuya inscripción se confunde entre las manchas blanquecinas que la salpican. Puede leerse: Douglas, hijo de Arvilla Merritte, marzo 9 de 1919 a mayo 10 de 1925. Debajo de esto, el fragmento de un poema de la escritora Felicia Henman resulta apenas visible:

The sunbeam’s smile, the zephyr’s breath

All that it knew from birth to death.

Una de aquellas personas, Gary Irons, se inclina a dejar un ramo de flores sobre la tumba de un tío al que nunca conoció, mientras un tercero, Hall P. Beck, se queda de pie, mirando a la nada. Hall Beck es profesor de psicología de la Universidad Appalachian State, y ha pasado los últimos siete años buscando a Douglas Merritte, el niño que está enterrado bajo sus pies. Su interés en él es histórico y académico: Beck está convencido de que Douglas es el nombre real del pequeño Albert, protagonista de un polémico artículo publicado por John B. Watson y Rosalie Rayner en 1920, desaparecido tras la publicación.

CONDICIONAMIENTO DE REACCIONES EMOCIONALES

Hacia el final de la Gran Guerra, John B. Watson se encontraba trabajando en la Universidad de Johns Hopkins. Ya había llovido un poco desde que publicase su afamado artículo La psicología tal como la ve el conductista y el proyecto del conductismo watsoniano comenzaba a desvanecerse; Condicionamiento de reacciones emocionales sería la última investigación publicada por Watson, antes de ser despedido de Johns Hopkins y de que su carrera académica llegara a su fin. Con esta investigación, Watson quería sostener una hipótesis suya, según la cual habría unas pocas reacciones emocionales innatas en la infancia, causadas por unos pocos estímulos. Estos estímulos podrían extenderse mediante un mecanismo de condicionamiento hasta alcanzar la complejidad de las emociones de la vida adulta.

Eso era por el lado académico, pero tal vez hubiera otro motivo para investigar sobre las emociones innatas: Watson sirvió en la Primera Guerra Mundial y estuvo presente en varios ataques aéreos, entre ellos los de Boche y Londres. “La experiencia del ejército es una pesadilla para mí”, escribió Watson. De tener éxito en su experimento podría no sólo comprender un aspecto fundamental de la experiencia humana –las emociones– sino que podría abrir la puerta a procedimientos para eliminar aquellas que hicieran desagradable nuestra existencia. ¿Habrán tenido algo que ver sus experiencias en la guerra con la forma en que se desarrolló el experimento?

Watson y su alumna Rosalie Rayner usaron como sujeto a Albert B., un bebé sano de nueve kilos y medio de peso (bastante por arriba del promedio de la época para su edad), cuya madre era nodriza en la casa Harriet Lane para niños discapacitados. Watson y Rayner describieron a Albert como “más bien impasible y falto de emocionalidad”, motivo por el que lo escogieron para el experimento, ya que “sintieron que podrían causarle relativamente poco daño.” En la fase inicial del experimento, que ocurrió cuando Albert tenía 8 meses y 26 días de edad, Watson y Rayner le presentaron a Albert varios estímulos: un perro, un mono, un papel quemándose, máscaras lampiñas y peludas y una rata blanca; Albert mostró señales de curiosidad ante todos estos estímulos. Cuando Albert tenía 11 meses y 3 días de edad comenzó el experimento propiamente dicho, en el que la aparición de una rata blanca era emparejada con un martillazo sobre una barra de acero colocada justo detrás de Albert, quien se sobresaltó; no fue sino hasta un segundo emparejamiento cuando lloró. En pruebas sucesivas Albert se mostraba receloso de la rata, sin tratar de tocarla, aunque en algún punto se hicieron más emparejamientos, hasta que Albert huyó de la rata al verla.

El experimento concluyó abruptamente cuando Albert tenía 12 meses y 21 días de edad; Watson y Rayner no tendrían a su alcance una manera de averiguar si el miedo que implantaron en Albert era permanente; si lo fuera, tenían varios ases bajo la manga: eliminarían el miedo condicionado ya fuese mediante la fatiga del reflejo o mediante reacondicionamiento estimulando zonas erógenas y dándole de comer mientras veía a la rata. Varios años después, una alumna de Watson, Mary Cover Jones, considerada por muchos psicólogos como la madre de la terapia de conducta, empleó el reacondicionamiento para curar al pequeño Peter de una fobia hacia los conejos. De algo había servido la experiencia con el pequeño Albert, pero entonces quedaba la duda: ¿el miedo condicionado habría durado en el niño? ¿Podría ser revertido de la misma manera? Para responderlas, era necesario encontrar al niño perdido de la psicología.

LA INVESTIGACIÓN

Hall Beck inició sus pesquisas para hallar al pequeño Albert investigando todo lo que pudo sobre el estudio que publicaron Watson y Rayner. Sin embargo, un artículo científico no es un buen lugar para comenzar a buscar a una persona; es más bien como esos acartonados ejercicios de matemáticas de la primaria en los que anotamos datos, operación y resultados. Beck entonces procedió a complementar la información del artículo con otros datos, principalmente de cartas y biografías de Watson; también con las videograbaciones que Watson hizo del experimento, donde podemos ver a Albert en movimiento; y con un censo realizado por el gobierno de los Estados Unidos en 1920.

Gracias al censo, averiguó que sólo había tres mujeres listadas como madres adoptivas en el Hospital Johns Hopkins al momento en que inició el experimento: Pearl Barger, Ethel Carter y Arvilla Merritte. Beck y su equipo de inmediato se fijaron en Pearl Barger, ya que su apellido coincidía con el nombre que Watson usó en su reporte: Albert B. Sin embargo, no hallaron evidencia de que Pearl Barger tuviera un hijo. Ethel Carter tampoco podía ser la madre de Albert, ya que era afroamericana y tanto en el artículo como en las videograbaciones se deja claro que Albert era caucásico. El equipo de Beck centró su atención en Arvilla Merritte, de quien descubrieron que el 9 de marzo de 1919 dio a luz a un bebé. Si recordamos, la primera fase del experimento se llevó a cabo cuando Albert contaba con 8 meses y 26 días de nacido; si contamos a partir del 9 de marzo, Douglas Merritte cumplió 8 meses 26 días el 5 de diciembre de 1919, fecha exacta en que Watson escribió un memorándum diciendo que pronto comenzaría a registrar en vídeo sus experimentos con niños.

Para estar más seguros, Beck solicitó a Gary Irons, nieto de Arvilla Merritte, una foto de Douglas para compararla con fotogramas del video del experimento y hacer un examen biométrico. A pesar de que la grabación es vieja y no hay en ningún momento una toma cercana al rostro de Albert, el equipo encuentra algunas similitudes entre Albert y Douglas Merritte, lo que los lleva a concluir que Douglas Merritte es la verdadera identidad de Albert B. De ser el caso, el niño perdido de la psicología habría fallecido en 1922 debido a una hidrocefalia. La investigación concluyó en 2009 con la publicación de un artículo en la revista American Psychologist y la visita a la tumba de Douglas Merritte. Sin embargo, el caso del pequeño Albert estaba muy lejos de cerrarse.

ASUNTOS DE ÉTICA

El certificado de muerte de Douglas citaba hidrocefalia y convulsiones como causa del deceso; parecía razonable suponer que se había contagiado de meningitis después de que Arvilla lo sacó del Hospital Johns Hopkins, ya que después de marcharse se mudaron a la casa de Flora Brashears, quien estaba enferma de meningitis y falleció en 1924. Sin embargo, Gary Irons cuenta que su madre decía que Douglas “siempre tuvo problemas”.  Esto, junto con observaciones nuevas hechas por Alan Fridlund y William D. Goldie, sembró la duda sobre la verdadera razón de la muerte de Douglas. Después de un análisis más detallado del comportamiento de Albert en las viejas cintas de Watson y de testimonios provenientes de la familia de Gary Irons (quien es, recordemos, nieto de Arvilla Merritte), así como del registro de Douglas en el Hospital Johns Hopkins, los investigadores publicaron un artículo en 2012, en el que concluyen que Albert/Douglas padecía de hidrocefalia desde su nacimiento, que Watson y Rayner lo sabían y que aun así continuaron con el experimento.

Para Beck y sus colegas, John B. Watson y Rosalie Rayner habían mentido en su artículo de 1920.

Condicionamiento de reacciones emocionales fue, desde su aparición, una publicación controvertida debido a sus implicaciones éticas. Uno puede suponer que tal vez, a lo largo de su vida, Albert se vería desensibilizado a su miedo a las ratas y otros objetos peludos gracias a accidentes, o que el efecto del condicionamiento se desvanecería conforme pasaba el tiempo. Pero también era probable que la fobia se mantuviera, o aún peor, que se intensificara. Por todas estas razones es que el experimento se considera antiético, y sin embargo, uno no podía culpar enteramente a Watson, pues en su época no había un código de conducta que guiase las acciones de los psicólogos; no sería sino hasta finales de los setentas cuando se plantearía algo parecido a un código de ética para las investigaciones en donde participaran seres humanos. No es que quienes experimentaban con humanos se comportasen siempre como descuartizadores; de hecho, Watson y Rayner escribieron en su artículo que experimentaron “un considerable recelo”, pues al inicio no se atrevían a generar experimentalmente reacciones de miedo debido a la gran responsabilidad que ello implicaba. Tampoco había razones para creer que habían mentido. Watson era visto como un investigador al que se le había ido un poco la mano con sus ambiciones.

Pero las investigaciones de Beck, Fridlund y Goldie cambiaban el panorama y nos mostraban a un ruin John B. Watson, un científico en la línea de Frankenstein o Jurassic Park que, para conseguir sus propósitos, no dudó en pasar por encima de todos… incluyendo a un bebé enfermo de meningitis que nunca podría hablar ni caminar aunque le llegara la edad para hacerlo. Bajo esta lupa, el legado de Watson para la ciencia psicológica ya no es el de un visionario ni el de un fundador, sino el de un conductista oscuro y sin escrúpulos capaz de mentir, engañar y hacer daño a un ser inocente e indefenso.

¿O no?

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MUCHOS PEROS

El artículo de Beck publicado en 2009 levantó revuelo en la comunidad psicológica; no eran pocos los psicólogos interesados en conocer el destino de aquel personaje de la historia de su disciplina. ¡Imagínense poder visitar la tumba del pequeño Albert como hicieron Beck, Gary Irons y su esposa! Sin embargo, pronto algunos hallaron pequeños detalles en las investigaciones de Beck que no parecían concordar. Apenas siete meses después, en mayo de 2010, se publicó una breve columna en la revista American Psychologist en la que se enumeran algunas objeciones ante las hipótesis de Douglas Merritte como el pequeño Albert. En ella, un psicólogo canadiense llamado Russell A. Powell, de la Universidad Grand McEwan, observa que el análisis biométrico de las cintas de Watson no era suficiente para ser tomado como evidencia; además, toma en cuenta el problema de la adopción de Albert, descartado por Beck como otro de los mitos alrededor de la historia del niño, pero que el mismo Watson señaló en su libro Behaviorism como la razón por la que el experimento no pudo ser terminado. Powell también desestima un cálculo de probabilidad, basado en las dos nodrizas que habían tenido hijos en aquel tiempo, que Beck y compañía hicieron para decir algo como “no sería posible encontrar a otro niño que encaje mejor como Albert que Douglas Merritte”; el cálculo fue hecho sin tener en cuenta que a veces podía haber hasta cuatro nodrizas en el hospital, por lo que aumentaban las chances de encontrar al menos a otro bebé que cumpliera los requisitos para ser el pequeño Albert. ¿Por qué entonces la investigación de Beck no había encontrado otros niños?

Después, cuando Beck, Fridlund y Goldie publicaron en 2012 que Albert podría haber sido un niño con problemas neurológicos, Powell revisó la evidencia aportada por los primeros y llegó a la conclusión de que no era suficiente para considerar a Douglas como un niño enfermo de hidrocefalia. Es más, para Powell no había forma de que Douglas Merritte fuese el verdadero Albert.

Entonces Powell, su colega Nancy Digdon, el profesor Ben Harris y el genealogista profesional Christopher Smithson se lanzaron a una nueva búsqueda del pequeño Albert, recopilando información no considerada por Beck… y pronto hallaron recompensas insospechadas.

LA OTRA INVESTIGACIÓN

Si recordamos, en el momento del experimento había tres mujeres enlistadas como nodrizas, una de ellas la ahora famosa Arvilla Merritte. Otra, que en un principio llamó la atención de Beck, era Pearl Barger; sin embargo, el investigador no logró hallar evidencia de que fuera madre. Con todo, el equipo de Powell decidió investigar la posibilidad, y se encontraron con un documento en internet en el que quedaba constancia del matrimonio de Charles Martinek con una Pearl Barger en 1921, así como de que tuvieron tres hijos… uno de ellos llamado Albert Martinek. También descubrieron que Charles prefería usar el apellido Martin, gracias a lo cual encontraron que unos tales Charles Martin y Pearl Barger se casaron en 1921. Una búsqueda en el índice de nacimientos de Baltimore reveló que Charles y Pearl Martin tuvieron un hijo en 1919. Gracias a los datos del censo estadounidense de 1940, encontraron que había un Charles Martin viviendo en Baltimore ese año, en compañía de sus tres hijos, siendo el mayor William Albert, de 21 años.

Cabe aclarar aquí que en la época en que fue conducido el experimento, los psicólogos no estaban obligados a proteger las identidades de sus sujetos, pero por una especie de acuerdo implícito, se escribía el nombre real y se omitía el apellido o se usaba sólo la letra inicial. Beck y su equipo sostuvieron que el nombre Albert B. era un pseudónimo creado por Watson en honor a un tío suyo, Albert Broadus. Para Powell, en cambio, esta hipótesis era demasiado elaborada, y a la luz del hallazgo de William Albert Barger/Martin, también era incorrecta.

Todo parecía coincidir; sin embargo, tanto en investigación científica como histórica es mejor no emocionarse, tomar las cosas con calma y buscar más evidencia. Powell y su equipo rastrearon entonces a William Albert, encontrando que había fallecido en 2007. Su sobrina y heredera, Dorothy Parthree, les abrió las puertas a los investigadores y les otorgó acceso y permisos cuando los necesitaron. Gracias a Dorothy, Powell pudo acceder al archivo médico de William Albert en la Universidad Johns Hopkins, de donde extrajo que Pearl Barger fue nodriza en dicho lugar entre el 14 de mayo de 1919 y el 20 de marzo de 1920. También se encontró con la sorpresa de que William Albert había nacido el 10 de marzo de 1919, un día después del nacimiento de Douglas Merritte. Esto fue importante porque, si recordamos, John Watson escribió un memorándum el 5 de diciembre diciendo que iba a comenzar a filmar sus investigaciones con niños; en el documento explica que no había podido hacerlo hasta entonces porque hacía mucho frío en el laboratorio. Powell ya había investigado este nimio detalle en 2011 acudiendo a los registros históricos del clima en Baltimore, donde encontró que hubo una ola de frío que duró del 2 al 7 de diciembre. Douglas Merritte cumplió 8 meses 26 días el 5 de diciembre, día en que –ahora sabemos– no ocurrió la primera sesión debido a las bajas temperaturas. En cambio, si William Albert fuese el pequeño Albert, habría alcanzado los 8 meses y 26 días el 6 de diciembre. Además, la edad que William Albert tenía al dejar el hospital (el 31 de marzo de 1920) también concordaría con la que Watson reportó como la edad del pequeño Albert al abandonar el experimento: 12 meses y 21 días.

Entre otras observaciones, Powell concluyó que el uso de fotografías no podía ser evidencia concluyente para afirmar que William fuese el pequeño Albert, en parte porque no contaban con fotos de su infancia; Dorothy sólo pudo darles fotos del William Albert adulto, habiéndose perdido las de su niñez en un incendio. Las personas cambiamos muchísimo a lo largo de la vida, y es posible que ni nosotros mismos nos reconozcamos al ver una foto de nuestros primeros meses de vida. Al observar las fotos comparadas en el artículo final de Powell y sus colegas, sin embargo, no se puede evitar la sensación de que el pequeño Albert de las grabaciones y el William Albert de las fotos de Dorothy son demasiado parecidos, a pesar de los años que los separan. ¿O es una predisposición extraña, una trampa creada por la temática del artículo y nuestro gusto por los giros inesperados y las coincidencias? ¿Habrían sentido Powell, Digdon, Harris y Smithson esta sensación al comparar las fotos?

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Las fotos comparadas del pequeño Albert y de William Albert Martin

Las minuciosas pesquisas de Powell lo llevaron incluso a tomar en cuenta el peso de William Albert Barger. Watson y Rayner escribieron que el pequeño del experimento pesaba 21 libras (nueve kilos y medio) el día de la primera sesión, mientras que los registros de Albert Barger nos especifican que el 5 de diciembre el niño pesaba 21 libras y 15 onzas. El mismo día, Douglas Merritte pesaba 14 libras y 15 onzas (poco más de seis kilos), dato que contrasta con la apariencia del pequeño Albert en las filmaciones: un bebé enorme y rechoncho, muy por encima del peso promedio de un bebé de su edad en aquella época.

¿Y qué hay de la salud del niño? En sus registros aparecen algunas enfermedades comunes de su edad, ninguna de las cuales coincide con el período del experimento, excepto por una tos en febrero de 1920… que curiosamente coincide con la tercera sesión del experimento, grabada en video, en la que se puede apreciar que el bebé mueve la cabeza hacia arriba y hacia abajo repentinamente, como si estornudara o tosiera. Si Albert Barger y el pequeño Albert eran la misma persona, ¿es posible que se haya enfermado en el transcurso del mismo pero, al tratarse de enfermedades y síntomas tan comunes en los niños de Baltimore, Watson y Rayner decidieron omitirlos por no ser importantes para el desarrollo del experimento?

Por otro lado, tocando el punto más polémico de la investigación anterior, Powell tampoco encontró evidencias de un daño neurológico en las cintas; dentro de lo que cabe, las evidencias apuntaban a que el pequeño Albert estaba sano; con tos, pero sin hidrocefalia. Powell llega a señalar que los puntos considerados como evidencia por Beck, Fridlund y Goldie (como la ausencia de lenguaje, o algunos movimientos corporales que “lucían” raros) habían sido seleccionados a propósito para favorecer su hipótesis, o que los investigadores se habrían basado en criterios modernos en lugar considerar la época del experimento. Es más, para Powell, el artículo de Beck, Fridlund y Goldie refleja el gusto por los juicios morales, la sensación de schadenfreude, de regodeo, al escuchar que alguien hizo cosas malas en el pasado pero que fue alcanzado por la justicia, incluso a años de su muerte, y el desagrado que la comunidad académica sigue profesando por el conductismo y por su fundador

En su artículo, Powell y compañía concluyen que su hipótesis es más plausible que la de Beck; con todo, aún hay algunas discrepancias. Por ejemplo, Watson menciona que el experimento fue terminado porque el pequeño Albert fue adoptado por una familia fuera de la ciudad. En aquellos tiempos, era costumbre que los niños pasaran tiempo con familiares o amigos cuando la pareja pasaba por tiempos difíciles, y hemos de recordar que Pearl Barger y Charles Martin no se casaron sino hasta 1921. Sin embargo, esto es pura especulación, pues no hay registros sobre lo que pasó con Albert Barger desde que dejó el hospital hasta 1921, y Powell lo reconoce. Aun así, tanto en historia como en ciencia, aceptamos la explicación sustentada con la mejor evidencia posible; en este caso, y hasta que aparezca información mucho más concluyente, la verdadera identidad del pequeño Albert B. es William Albert Martin. Por ahora, el niño perdido de la psicología ha vuelto a casa.

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Una de las razones por las que el mundo de la psicología se conmocionó con el artículo de Beck en 2009, al enterarse de que quizás el pequeño Albert habría muerto poco tiempo después del experimento, es porque tal vez nunca sabríamos si la fobia condicionada por Watson y Rayner había durado con el tiempo. Con la investigación de Powell, sin embargo, esa posibilidad se abría de nuevo: William Albert Martin había muerto a la edad de 88 años.

¿Podría ser…?

Lo curioso de esta historia es que Dorothy, su sobrina, contó a Powell y a su equipo que William Albert se sentía incómodo en presencia de perros y otros animales. Se tapaba los oídos al escucharlos ladrar y prefería que se quedasen en otra habitación cuando sus sobrinos los llevaban a la casa. Una vez más, no podemos concluir nada; a lo largo de la vida de William pudieron haber sucedido –o dejar de suceder– mil cosas para que el hombre desarrollase su disgusto por los animales. Por ejemplo, William fue testigo de cómo una mascota suya muy querida murió en un accidente cuando él era niño. Además, no era una fobia, ni siquiera un miedo propiamente dicho; tal vez los animales no le gustaban porque era una persona pulcra y limpia, como cuenta Dorothy. Pero no deja de ser curioso que el principal candidato para ser el pequeño Albert se sintiera incómodo en presencia de animales.

Si –y sólo si– la incomodidad de William con los animales es debida al condicionamiento, significa que una de las conclusiones de Watson y Rayner en su artículo de 1920 fue cierta… en parte. Significa que las discusiones originales sobre la ética del experimento no han perdido vigencia a día de hoy, pues probablemente el condicionamiento dejó su huella en Albert, aunque no de la manera intensa en que Watson y Rayner esperaban. Significa que Watson, Rayner y Albert abrieron la puerta al tratamiento psicológico de fobias, miedos leves y ansiedad. Significa que, a pesar de lo poco ético del experimento, Albert ayudó a descubrir nuevas formas de aliviar el sufrimiento humano. Miles de personas en todo el mundo salen del infierno de una reacción emocional incapacitante de miedo o de ansiedad gracias al sacrificio del pequeño William Albert, quien murió en 2007 y yace enterrado en el Cementerio Parkwood, en Baltimore.

Gracias por eso, Albert.

REFERENCIAS
Beck, H.P., Levinson, S. & Irons, G. (2009). Finding Little Albert. A Journey to John B. Watson’s Infant Laboratory. American Psychologist, 64(7), 605-614
Digdon, N., Powell, R.A. & Harris, B. (2014). Little Albert’s alleged neurollogical impairment. Watson, Rayner, and historical revision. History of Psychology, 17(4), 312-324.
Fridlund, A.J., Beck, H.P., Goldie, W.D. & Irons, G. (2012). Little Albert: a neurollogicaly impaired child. History of Psychology, 15(4), 302-327.
Powell, R.A. (2010). Little Albert still missing. American Psychologist, 65(4), 297-303.
Powell, R.A. (2011). Little Albert, lost or found: further difficulties with the Douglas Merritte hypothesis. History of Psychology, 14(1), 106-107.
Powell, R.A., Digdon, N., Harris, B. & Smithson, C. (2014). Correcting the record on Watson, Rayner, and Little Albert. Albert Barger as “psychology’s lost boy”. American Psychologist, 69(6), 600-611.
Watson, J.B. & Rayner, R. (1920/1979). Condicionamiento de reacciones emocionales. En: R. Ulrich, T. Stachnik & J. Mabry (eds.). Control de la Conducta Humana, vol. 1. México: Trillas.
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