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Spoiler alert.

De una u otra forma, siempre queremos saber por qué. Dependiendo de nuestro tiempo y de nuestro espacio, tendremos uno u otro por qué que queremos descifrar. Los niños pequeños, por ejemplo, siempre quieren saber por qué todo. Los adultos quieren saber muchas cosas, algunas que se sienten cercanas y son más prácticas, otras que parecen filosóficas pero son igualmente importantes. La mayoría queremos saber por qué el precio de la gasolina, por qué el precio de las tortillas, por qué los asaltos, por qué las lluvias, por qué hace calor hoy pero ayer hizo frío. Otros, relativamente menos que los primeros pero aun así numerosos, queremos saber por qué somos. Un par quieren saber por qué estamos aquí, y por qué estamos aquí, ahora. Quizá algún vivo o viva se esté preguntando por qué podemos estar aquí y no en otro lado. Hay gente que quiere saber por qué las cosas son, por qué se mueven como lo hacen.

Pero hay gente que también quiere contar esos por qué. De esta clase de gente somos nosotros, y en esta primera nota responderemos a la pregunta de por qué somos La Rata & El Perro, y por qué somos aquí, y por qué ahora.

LA PALABRA CLAVE DE CASI TODO: CONTEXTO

La historia de La Rata & El Perro se remonta casi ciento cuarenta años atrás. En el anochecer del siglo XIX, el mundo era un lugar totalmente diferente de como luce hoy; de hecho, atravesaba por una vorágine de cambios tecnológicos, científicos, políticos, sociales y culturales como nunca se había visto en la historia de la humanidad. Aún había muchas cosas por hacer, pero podría decirse que el mundo se estaba agrandando; las posibilidades eran infinitas, y ello era gracias al desarrollo de una poderosa herramienta: la ciencia. Muchos de esos cambios tenían que ver con la ciencia y con sus aplicaciones: el siglo XIX fue el siglo que vio nacer la máquina de vapor, el teléfono, el telégrafo, el calentador de gas, la lámpara incandescente o foco, el primer vehículo a gasolina, las vacunas y la aspirina, entre otras cosas. En cuestión de unas décadas pasamos de sobrevivir en el mundo a vivir de él, y luego a entenderlo y transformarlo (para bien y para mal).

En este escenario de triunfos, no faltaba mucho para que los hombres de ciencia se arrojaran a estudiar un aspecto de la realidad hasta entonces descuidado: el comportamiento humano, por entonces rodeado de un aura casi divina, intocable, producto de una larga tradición filosófica que nació en Platón, se mantuvo gracias a la religión y se desarrolló con Descartes.

EL HOMBRE SIN MIEDO

Una vez, un psicólogo de la Universidad Johns Hopkins se propuso mostrar que gran parte de nuestras reacciones emocionales son aprendidas. Este psicólogo había estudiado con grandes figuras de la disciplina en la Universidad de Chicago. Sin embargo, poco a poco se fue alejando de las enseñanzas de sus maestros; subversivo como era, en 1913 publicó un artículo en el que declaraba sus intenciones de construir una psicología científica, una ciencia natural, experimental, cuyo objeto de estudio no debería ser la conciencia, como hasta entonces se había considerado, sino la conducta. Por tanto, nuestro psicólogo, un tal John Broadus Watson, llamó a su enfoque conductismo, y el artículo en que lo exponía, cuyo nombre original era La psicología tal como la ve el conductista, es conocido hoy con el nombre alterno de Manifiesto Conductista.

La manera que John Watson tenía de presentar sus ideas era tan demoledora como sus ideas mismas. Su estilo era claro; sus críticas a la psicología de su tiempo, brutales; su objetividad, muchos dirían que inhumana. Gracias a estas cualidades, el conductismo de Watson pronto se halló en boca de todo el mundo académico, ya fuese para alabarlo o para demonizarlo. La situación no hizo más que empeorar -para Watson- cuando diseñó un experimento en compañía de su alumna (y futura esposa) Rosalie Rayner, cuyo propósito era generar una respuesta de miedo en un pequeño de 11 meses de edad llamado Albert y mostrar así que gran parte de las reacciones emocionales que experimentamos a lo largo de nuestra vida son aprendidas.

¿Lo asombroso? Funcionó.

Watson y Rayner le mostraron a Albert un conejo, al mismo tiempo que golpeaban con fuerza una barra de acero. Mientras que el conejo no causaba grandes reacciones en Albert, el golpe en la barra de acero causaba por sí solo un sobresalto y llanto; después de un par de ensayos en los que conejo y ruido aparecían juntos, el niño lloraba ante la sola aparición del conejo. ¿Cómo es que Watson y Rayner consiguieron hacer esto?

Lo cierto es que Watson no fue el primero en desarrollar un experimento como este, aunque posiblemente sí fue el primero en hacerlo con bebés. Durante los veinte años anteriores al experimento, muchos fisiólogos ya conocían los principios que causaron que Albert comenzara a temer al conejo; lo original –y también lo polémico- de la propuesta de Watson era la aplicación de dichos principios al comportamiento humano en su totalidad. Para entender de dónde surgieron esos principios, necesitamos llevar esta historia a otro tiempo y lugar…

Иван Петрович Павлов

Durante las primeras lunas del siglo XX, en el Instituto de Medicina Experimental de San Petersburgo, un hombre de porte elegante, mirada altiva y con barba y bigotes muy poblados, dedicaba sus jornadas a estudiar el tracto intestinal y a obtener jugos gástricos de las entrañas de varios sujetos experimentales. El nombre de este barbón ocupado: Iván P. Pávlov. Sus sujetos: perros.

Pávlov se especializaba en fisiología intestinal, y estos estudios le granjearon un premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1904. Sin embargo, los psicólogos lo recordamos por un descubrimiento en parte accidental que ocurrió durante sus estudios y que inspiraría a psicólogos en otras partes del mundo –entre ellos John B. Watson- para iniciar una era de grandes logros en la psicología: la ley del reflejo condicional. Pávlov estaba estudiando la composición de la saliva, para lo cual se sirvió de perros. Los tenía sujetos en un cuarto aislado de cualquier variable extraña que pudiera estropear sus mediciones; el can tenía un tubito, conectado a las glándulas salivales por medio de una pequeña incisión en la mejilla, encargado de recoger la saliva. Mientras trabajaba, Pávlov se dio cuenta de un fenómeno curioso: el perro salivaba cuando le ponían comida en el hocico, naturalmente, pero también salivaba al ver la comida, e incluso al ver al experimentador que le llevaba la comida. Este fue uno de esos momentos de la ciencia en que se conjugan el azar, una observación sagaz y una curiosidad imperiosa que no descarta nada de lo que ocurre, aún si no estaba planeado. Y es que otros investigadores ya habían observado ese fenómeno muchos años antes, pero fue Pávlov quien le concedió importancia y quien diseñó un experimento para observarlo en primera fila.

Mientras el perro estaba sujeto a los habituales aparatos, Pávlov, ubicado en una habitación adyacente para evitar interferir en el experimento, hacía sonar un tono durante cinco segundos. Dos o tres segundos más tarde, le daba al animal un poco de comida a través de una ventanilla, provocando así la aparición de gotitas de saliva, que eran recogidas por el tubo y contadas minuciosamente por Pávlov. Este sencillo procedimiento se repetía al menos unas cincuenta veces; alternadamente, Pávlov hacía pruebas de tono: sonaba el tono durante treinta segundos sin darle comida al perro. Fue durante estas pruebas de tono que Pávlov se dio cuenta de que había logrado replicar lo que había observado por casualidad: entre más ensayos hacía, más gotitas de saliva producía el perro y menos tiempo tardaban en aparecer después del tono, sin necesidad de darle de comer.

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Pávlov y su equipo de trabajo. ¿Cómo hicieron para que el perrito también mirara a la cámara? ¡Pues condicionamiento!

Pero Pávlov fue más allá de la observación y la experimentación: también creó un sistema teórico a partir de sus datos, que es lo que debería hacerse en los inicios de toda ciencia con el fin de facilitar el trabajo a los colegas que quieran entender lo que se hizo y repetir o refutar los resultados. Llamó a la comida estímulo incondicionado, por hacer babear al perro de forma natural; estímulo neutro al tono, por ser incapaz de causar la salivación; y al proceso por el que el tono adquiría la capacidad de aumentar el conteo de la saliva, Pávlov lo denominó condicionamiento. Pronto, el fisiólogo se encontró describiendo relaciones entre estos conceptos, así como nombrando nuevos fenómenos como la generalización, la discriminación y la extinción, lo que permitiría a otros investigadores repetir el experimento en otros lugares del mundo. Así es como el condicionamiento llegó a oídos de John B. Watson, quien vio en este sistema de datos la oportunidad perfecta de salvar a la psicología del camino de la perdición. Podemos identificar los eventos descritos por Pávlov en el experimento del pequeño Albert: el golpe en la barra de hierro es el estímulo incondicionado que naturalmente desencadena la respuesta del llanto; el conejo es el estímulo neutro, que después de ser presentado varias veces junto al estímulo incondicionado, se convertirá en estímulo condicionado al provocar llanto con su sola aparición.

Gracias a estos trabajos, John Watson –y por extensión, Pávlov, aunque quizá no se lo imaginara- tuvieron éxito en mostrarnos que nuestras emociones, pese a su complejidad, no guardan ningún misterio: muchas de ellas son aprendidas. De hecho, a lo largo del siglo XX otros psicólogos como Mary Cover Jones, Hans Jürgen Eysenck y Joseph Wolpe retomarían los conceptos de Pávlov y el enfoque de Watson para tratar fobias, ansiedad y otros problemas. Así, los modernos terapeutas del comportamiento le rinden un homenaje muy merecido al trabajo de Iván P. Pávlov -un trabajo que involucró mucha suerte, atenta observación y, por supuesto, perros- cada vez que ayudan a un ser humano a salir del infierno de las reacciones emocionales sin control.

LA RATA SIEMPRE ESTÁ EN LO CORRECTO

Sin embargo, varios años después de que Watson desapareciera del panorama académico (esa, por cierto, es una historia que merece ser contada. Quizás más adelante…), el proyecto del conductismo se hallaba casi olvidado. Los psicólogos volvieron a usar conceptos como conciencia o mente para explicar el comportamiento humano voluntario, aquel que escapaba al esquema Estímulo-Respuesta planteado por Pávlov y popularizado por Watson. El exótico psicoanálisis, traído desde Europa, aumentaba en fama y seguidores. La psicología se estaba volviendo loca.

Entonces, alguien publicó muchos papers.

En ciencia, los papers o artículos son el principal medio por el que los científicos comunican sus hallazgos. Cuando un científico envía su paper a una revista, se pone en marcha la poderosa maquinaria social que vuelve tan efectiva y confiable a la ciencia: un grupo aleatorio de colegas revisan el artículo y verifican que cumpla con los estándares de calidad, tanto de la disciplina o área a la que pertenecen como de la revista en que será publicado. Si el artículo no es rechazado, le hacen sugerencias al autor para que lo mejore y pueda ser publicado, en un proceso que puede durar meses y que conocemos como revisión por pares. Es una parte esencial de la actividad científica, a la que acompaña casi desde su origen. Este proceso es el que tuvo que atravesar un joven psicólogo llamado Burrhus Frederic Skinner para dar a conocer sus primeros trabajos, en los que quedaría establecida la base del análisis experimental de la conducta.

B.F. Skinner fue el hombre que trajo de vuelta al conductismo en una versión corregida y mejorada. Mientras Watson pretendía explicar la conducta humana mediante condicionamiento pavloviano, Skinner se dio cuenta de que ello era una tarea imposible, y que el condicionamiento pavloviano explicaba sólo una pequeña parte de un fenómeno mucho más grande y complejo. Influido por E.L. Thorndike y su Ley del Efecto, Skinner hizo la distinción entre conducta respondiente, la conducta refleja que estudiaron Pávlov y Watson, y conducta operante, la llamada conducta voluntaria, influida y mantenida –o eliminada- por sus consecuencias. Skinner sometió a la revisión por pares su primer artículo –que hablaba de un experimento con ratas en el que usó un aparato muy parecido a la moderna cámara de condicionamiento operante– en 1930, siendo publicado en junio de ese año; usó por primera vez el término operante en un artículo publicado en 1937 como respuesta a las objeciones de dos fisiólogos polacos, y al año siguiente aparecería La conducta de los organismos, su primer libro, en el que explicó los conceptos y métodos que se habrían de usar para estudiar experimentalmente la conducta.

Watson había causado polémica en el mundo académico con su ambicioso proyecto, pero Skinner llevaría la polémica fuera de la academia al darse cuenta de las implicaciones enormes que tenía el análisis experimental de la conducta. Era, ante todo, un humanista, preocupado por resolver algunos problemas comunes a la civilización y mejorar la vida humana, pero sus ratas le habían enseñado algo: teníamos que dejar de contarnos mitos sobre nosotros mismos, y no mucha gente estaba dispuesta a hacer eso. Pero de esto se cuenta en otros lugares. Baste aquí con decir que desde Skinner, muchísimos investigadores en todas partes del mundo se lanzaron a la tarea de mejorar el mundo usando la ciencia de la conducta. Hemos descubierto cómo aprendemos conceptos, cómo aprendemos el lenguaje, qué pasa con el pensamiento, cómo surge la depresión, cómo aparece una adicción a las drogas (y por tanto, cómo tratarla). Hay psicólogos que trabajan para mejorar sus comunidades: prevenir tabaquismo y conductas sexuales riesgosas, favorecer la sustentabilidad y prevenir el abuso de sustancias. Hay comunidades enteras diseñadas bajo los principios de la ciencia conductual. Miles de niños con autismo en el mundo pueden por fin mirar a los ojos de sus padres y decir “te quiero” gracias a la intervención de un terapeuta ABA.

Todo esto gracias a experimentos realizados originalmente con ratas y perros.

Ésa es la historia que responde porqué “La Rata & El Perro”; es decir, porqué el nombre: queremos rendir homenaje a los dos pilares fundamentales de la psicología científica, que nos han traído hasta donde estamos hoy. Pero todavía falta una pregunta: ¿por qué La Rata & El Perro? Es decir, ¿por qué existimos?

Hace un año empezamos a contar historias de psicología científica porque nos maravillan esas historias y queremos compartir la sensación con los demás. Nuestro primer y más importante objetivo es que ustedes, lectores, pasen un buen rato, se rían o se emocionen. Pero también creemos que algunos de ustedes, mientras nos leen, aprenderán algo y querrán hacer algo. Eso se llama diálogo, y también queremos que haya diálogo porque el conocimiento nos pertenece a todos. Somos de las personas que cuentan porqués porque contarlos nos hace más ricos a todos, nos empodera y nos hermana con los demás; contar porqués quizá nos permita preguntar un porqué que no se nos había ocurrido antes, y sin duda hará que pasemos de ser poquitos a que seamos un montón.

REFERENCIAS:
Keller, F. S. (1990) La definición de psicología. México: Trillas.
Millenson, J. R. (1977) Principios de análisis conductual. México: Trillas.
Skinner B. F. (1930). On the conditions of elicitations of certain eating reflexes. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 16(6), 433-438
Skinner, B. F. (1937). Two types of conditioned reflex: a reply to Konorski and Miller. Journal of General Psychology, 16(1), 272-279.
Skinner, B. F. (1969). Ciencia y conducta humana. España: Fontanella.
Skinner, B. F. (1980). Autobiografía 2. Cómo se forma un conductista. Barcelona: Fontanella.
Watson, J. B. (1913). Condicionamiento de reacciones emocionales. En R. Ulrich, T. Stachnik & J. Mabry (eds.). Control de la conducta humana. México: Trillas.
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