Tal vez la guitarra sea uno de los instrumentos musicales más populares en todo el mundo, y la verdad es que no es para menos: con ella pueden hacerse cualquier tipo de sonidos. Una guitarra es la responsable intelectual de que una fiesta de graduación entera se pusiera a bailar en 1955. Eddie Van Halen hacía erupción con ella, mientras Jimi Hendrix la hacía prenderse en llamas. Eric Clapton la hace llorar, y Silvio Rodríguez la hace pensar. Una intro de guitarra se convirtió en el himno de toda una generación. Una guitarra puede ponerte a mil por hora, o hacer que se te erice la piel y digas “¡por el amor de dios!”. Con una guitarra, Juanes lo mismo toca thrash que cumbias, solo o con Mon Laferte. Con guitarra tocas música de elevador o el tema de Mission: Impossible, con ruido o sin ruido. Es más, hasta le puedes poner un solo sabrosón a 17 años de los Ángeles Azules y convertirla en el éxito definitivo de todas las fiestas.

Nada mal para un pedazo de madera con cuerdas.

Porque eso es una guitarra.

Acoustic Guitar Plectrum greatguitarsound.blogspot.com
Guitarra, lectores. Lectores, guitarra. Quizás el objeto más fotografiado del mundo, después del desayuno.

Imaginemos por un momento que no sabemos de qué está hecha una guitarra y queremos estudiar algo en apariencia tan complejo como la música hecha con dicho instrumento. Nos enfrentaríamos a una tarea abrumadora, porque, ¿cómo distinguir una nota de otra, si comparamos dos canciones tan diferentes entre sí? Podríamos terminar por pensar que la música proviene de dos instrumentos totalmente diferentes. Incluso después de un tiempo de escucha atenta y de llegar a la conclusión de que tal vez los instrumentos sean similares, nos sería de mucha dificultad desentrañar los cómos y los porqués de tal cantidad innumerable de sonidos. En ese estado de cosas, alguien que se atreviera a afirmarnos que esa rica complejidad musical es producida por un solo tipo de instrumento con seis cuerdas sería tachado, con toda seguridad, de cuadrado, cerrado, o, si queremos vernos intelectualoides, de reduccionista.

Ahora miren a su alrededor. Vean interactuar a las personas, miren cómo se desenvuelven en el mundo, observen cómo trabajan, se enamoran, escriben poesía, hacen reportes, lloran, se pelean, hacen la guerra, se matan, hacen filosofía, dirigen familias, imaginan el futuro, crían hijos, van a la escuela, buscan empleo, juegan videojuegos o practican deportes, van al templo, usan sus celulares, se juntan con sus amigos a comer y un infinito listado de otras actividades. Hay tanta variedad de personas como de canciones tocadas con guitarra, y sin embargo, ambas cosas se pueden explicar de maneras que asombran por su sencillez. En el caso de las personas, parecería imposible sacar algo en claro si nos decidimos por la parsimonia por la que apuesta la ciencia.

Y sin embargo, se puede.

Aún hoy hay personas de que están convencidas de que el comportamiento humano no puede ser estudiado de manera científica, porque es como ver el detrás de cámaras de nuestra película favorita: le quita la magia a lo que hacemos, o quizá tengamos miedo de no poder comprender todo. Pero, de la misma manera en que nuestro conocimiento sobre la refracción de la luz no nos impide disfrutar de la belleza de un arcoíris después de la tormenta, de la misma manera en que saber que la guitarra es un pedazo de madera con cuerdas no nos impide disfrutar de la música, conocernos a nosotros mismos no embarra la magia de la experiencia humana; más bien al contrario: la hace más disfrutable, más maravillosa. Saber que de un pequeño número de funciones conductuales emana la inmensa diversidad de formas en que la humanidad se expresa y se desenvuelve en el mundo, que la simple interacción entre aquello con lo que ya venimos a este mundo y aquello que ocurre a nuestro alrededor nos permite existir como somos, es una pequeña manera, sencilla pero poderosa, de acercarnos más a la naturaleza y, al mismo tiempo, de conocernos íntimamente y saber por qué somos como somos y por qué actuamos como lo hacemos.

Por supuesto que no es necesario saber tocar la guitarra ni conocer sus partes al derecho y al revés para disfrutar de la música. Pero saber es la palabra clave: el que sabe música siempre se asombra y siempre aprende algo; saber no le resta maravillas al mundo, sino que siempre le suma. Y  resulta que nosotros somos parte de ese mundo.

Lo que queda es hacer música mientras estemos aquí. Sumemos maravillas.