Un hombre llega al consultorio de Hans Jürgen Eysenck, psicólogo inglés, con un problema algo especial. El tipo está casado y todo se desarrolla de manera normal en su vida marital… o casi todo al menos, porque a la hora de la hora, en el momento en que más lo necesitaba, su cuerpo no respondía. Cierta parte de su cuerpo. Y la mayoría de nosotros, que estamos ya muy entrados en el siglo XXI y sabemos que una relación sexual no necesariamente involucra coito, pensamos “¡pues ya usa lo que tengas a la mano!”, pero el asunto es que esto ocurrió el siglo pasado, cuando el sexo estaba reservado para el matrimonio (ajá) y para tener hijos, y cuando lo peor que podía ocurrir es que el pene de uno no se levantara pero ni a la mañana. En fin, Eysenck, muy serio, le pregunta desde cuándo comenzó este problemita, y aquí es donde la cosa se pone interesante.

Resulta que el hombre, a quien de ahora en adelante conoceremos como el paciente, tuvo un affair con una vecina, a quien solía ver a escondidas y con quien de vez en cuando mantuvo relaciones sexuales en el departamento de ella. Todo era risas, felicidad y deliciosas charlas post coitales hasta que un día les cayó el chahuistle, como suele decirse: la vecina también tenía un esposo, quien los sorprendió con las manos en la masa y en lugar de detenerse a hablar el asunto de una manera pacífica y racional como haría cualquier inglés, el esposo ofendido se dedicó a golpear al paciente. A partir de tan desagradable experiencia es que el paciente recordaba no poder tener una erección. Digo, suena lógico: en un momento gran parte de la sangre de su cuerpo estaba ocupada manteniendo la erección, y al siguiente, todo el cuerpo se encontraba en estado de defensa; el corazón latía como loco para poder bombear sangre, que ahora era requerida por músculos, órganos y sistemas. Entonces, ¿por qué el problema se había extendido a las relaciones sexuales con su esposa y cómo solucionarlo?

Eysenck, sujeto observador (y muy discreto), averiguó que, por una extraordinaria coincidencia, la recámara de la vecina y la habitación marital del paciente eran de casi las mismas dimensiones. ¡Incluso el papel tapiz de ambas recámaras era el mismo! Esto llevó a Eysenck a pensar que lo que había ocurrido era un condicionamiento clásico, en el que el papel tapiz de la habitación de la vecina era el estímulo neutro, o que le daba igual al paciente, pues, mientras que los golpes eran estímulos incondicionados que provocaron muchísimas respuestas fisiológicas en el paciente, todas ellas incompatibles con la erección. Así, golpe a golpe poco a poco, el papel tapiz se convirtió en un estímulo condicionado, capaz de evocar en el paciente las mismas respuestas fisiológicas que una golpiza, aunque, por supuesto, ninguna erección.

¿Tratamiento? “Por favor, cambie su papel tapiz y veamos qué pasa”. No sabemos qué ocurrió con la pareja después del “oye, ¿qué crees? Resulta que no se me para porque nuestro papel tapiz es igualito al de la vecina”; suponemos que pasó algo como “ah bueno, entonces hay que cambiarlo. Por cierto, ¿cómo sabes que es igualito al de la vecina?”, porque el resultado fue que tanto el paciente como su esposa quedaron satisfechos. Deal with it.

Esta curiosa historia nos deja dos lecciones. La primera es que un buen y exitoso terapeuta, atienda los problemas que atienda, nunca se despega de la investigación básica y usa tratamientos validados y altamente efectivos. La segunda es que, para evitar golpizas que desencadenen disfunciones sexuales por medio de condicionamiento clásico, una buena alternativa es salir con quien tenga una relación abierta, o ya mínimo que no tenga pareja. No vaya a ser la de malas.

REFERENCIAS:
García, C.H. (2007). Introducción al Conductismo Contemporáneo. México: Trillas.
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