México, 2010

Una tarde de jueves, la profesora Campuzano, cuya asignatura tenía el espantoso nombre de Taller de Lectura, Redacción e Iniciación a la Investigación Documental (para abreviar, TLRIID, o como le decíamos nosotros, teleríd), nos compartió una breve nota publicitaria, bajo las instrucciones de armar equipos y reflexionar acerca de ella. Me reuní con mis compañeros y leímos la nota en voz alta. No recuerdo exactamente qué decía, pero sí recuerdo que se titulaba Baby Box y que estaba escrito en un lenguaje similar al de esos comerciales insoportables que salen por las mañanas en la televisión; algo parecido a esto:

La Baby Box, el maravilloso invento que te otorga tiempo. ¡Olvídate de tener que lavar pañales y cobijas! Dedica más tiempo a tus propias actividades, dejando a tu hijo en la Baby Box protegido de gérmenes y de caídas

¡Cómprala ya!

 Por entonces yo no tenía idea de psicología, pero por la forma en que estaba escrito, el anuncio me sonaba divertido e inhumano a partes iguales. Lo mismo pensaban mis compañeros de equipo: un invento de esa naturaleza, por más que le proporcione tiempo libre a la madre, podría provocar traumas psicológicos al bebéPero daba igual; para nosotros, aquello era un simple ejercicio y lo más probable es que la profesora Campuzano hubiese inventado aquel texto, tan anti-ciencia como era.

El asunto es que no teníamos ni idea de que la Baby Box fue real.

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“¡Mamá, sácame de aquí que me traumo!”

Estados Unidos, 1954.

Imagínense la escena: un ama de casa sale hacia el kiosco más cercano a comprar el nuevo número de su revista preferida, Ladies’ Home Journal, una revista para mujeres. El cabello de la señora, largo hasta los hombros y recogido en un moño, y sus ropas -un vestido blanco con motitas rojas-, así como los autos que pasan al lado de ella en la calle, nos indican que estamos casi a mitad de la década de los años 50. En fin, la mujer tiene ya su ejemplar de Ladies’ Home Journal en la mano y lo hojea brevemente, hasta que un artículo le llama su atención; está titulado Baby in a Box (o Bebé en una caja), ¡cómo no le va a llamar la atención! Corre a casa, lo lee completo y pega el grito en el cielo ante semejante atrocidad. ¿Cómo se le puede ocurrir a alguien meter a una bebé en un aparato semejante, con humidificadores y una ventana, y un rodillo que permite quitar las cobijas e introducir unas nuevas? ¿A quién se le ocurre que un bebé puede estar a gusto en una caja sin cobijas, solamente usando el pañal? ¡Da igual que el dichoso aparato tenga controles de temperatura! ¡Un bebé necesita cobijitas y ropita para bebés! Apenas terminó de leer el artículo, nuestra ama de casa tomó lápiz y papel y se puso a escribir una enfurecida carta al escritor del artículo, al igual que hacían miles de lectoras de Ladies’ Home Journal alrededor de los Estados Unidos.

¿Quién era el creador de esta cuna? ¿Por qué los lectores se escandalizaron tanto ante tan práctico invento?

La respuesta a ambas preguntas es B.F. Skinner.

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Holi.

En efecto, Burrhus Frederic Skinner era el diseñador de la cuna, y la había probado durante nueve meses con su hija Deborah con resultados más que favorables, tal y como reporta en el artículo publicado en Ladies’ Home Journal: basándose en los principios que había hallado en el laboratorio sobre el control del medio para la satisfacción humana, Skinner diseñó la caja -o cuna de aire- para mantener a su hija en un medio agradable y seguro, al mismo tiempo que procuraba su bienestar y el de su esposa.

Pero esto no importó; la opinión pública se comió vivo a Skinner, acusándolo de ridículo en el mejor de los casos, y de asesino en el peor. Lo peor es que, tras saberse que Skinner, ¡oh, casualidad!, era también el diseñador de un aparato llamado caja de Skinner en el que se entrenaban palomas y ratas, corrieron ríos de tinta roja: los detractores de Skinner llegaron a cometer la bajeza de decir que Deborah, como consecuencia de haber pasado nueve meses siendo objeto de experimentos en la caja, había sufrido un trauma psicológico al punto de volverse una psicópata, había demandado a su padre y después cometido suicidio en algún momento en la década de los setentas.

Inglaterra, 2004.

Casi podemos ver a una hastiada Deborah, escribiendo en la computadora sobre su propia vida mientras una foto de ella con su padre se tambalea al lado de ella sobre el escritorio. En la computadora, Deborah escribe que no guarda ningún rencor hacia Skinner, a quien describe como un padre amoroso y dedicado, y que realmente su niñez transcurrió de la manera más normal y sana posible. Lo único que lamenta es que su padre no haya sido más cuidadoso con su imagen pública, pues de lo contrario jamás habrían circulado ésta y otras historias y rumores acerca del apellido Skinner. Después de un rato de escribir, tratando de elegir las palabras correctas, y de soltar de vez en cuando unas cuantas lágrimas, Deborah termina su columna diciendo: no estoy loca ni muerta, sino muy enojada.

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Claramente, el tipo estaba loquísimo. Imagen encontrada en el blog de Conductismo Integrado.

¿Qué pasó con la cuna de aire entonces? Deborah afirma que continuó siendo utilizada por algunos padres, generalmente personas relacionadas con la psicología; de hecho, Skinner no usó la cuna de aire sólo con Deborah, sino también con su otra hija, Julie, quien a su vez la ha usado también con sus hijos sin que éstos se vuelvan psicópatas y se suiciden. Lo que ocurrió con la cuna de aire fue una mezcla de descuido por parte de Skinner y un mal título que hoy llamaríamos viral: originalmente Skinner había llamado a su artículo El cuidado de los hijos puede ser modernizado, pero los editores pensaron que Baby in a Box iba bien para una idea que consideraron divertida. Posiblemente, la cuna de aire fue la idea menos brillante de Skinner (y hablamos de un hombre cuyas ideas eran tan brillantes que revolucionaron la psicología de su época), pero de ahí a tildarlo de asesino, sádico o inhumano hay un muy largo trecho.

México, 2010.

Los equipos compartieron las reflexiones en voz alta, y muchas coincidían conmigo y con los lectores de Ladies’ Home Journal al decir que un invento de esa naturaleza era sádico, inhumano, egoísta y demente, y que podría causar traumas psicológicos al bebé… lo que sea que eso signifique. A mí me pareció que un invento de esa naturaleza jamás podría ser realizado, ya no digamos salir a la venta; por eso es que di por hecho que la nota era creación de la profesora. Se acabó la clase y me olvidé del ejercicio y de la dichosa cuna traumática… al menos hasta varios años después.

Referencias:
Skinner-Buzan, D. (2004, 12 de marzo). I was not a lab rat. The Guardian. Recuperado de https://www.theguardian.com/education/2004/mar/12/highereducation.uk
Skinner, B.F. (1945). Baby in a box. Ladies’ Home Journal. Recuperado de: https://www.aubreydaniels.com/sites/aubreydaniels.com.institute/files/Baby-in-a-Box.pdf
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