Hacia el mediodía, una limusina se estacionó frente a una casa en la ciudad de Cambridge e hizo sonar el claxon una sola vez. Ante aquel sonido, un hombre mayor y su hija Julie salieron a la calle y abordaron el vehículo, que los condujo a través de la ciudad, bajo un cielo limpio de nubes, cristalino, hasta dejarlos frente al hotel donde se celebraría la entrega de premios.

El hombre estaba enfermo y debía ser protegido para evitar infecciones, por lo que los organizadores se habían comprometido a mantenerlo lejos de grandes multitudes; al llegar al hotel y bajar de la limusina, varios hombres de traje lo llevaron, a él y a su hija, hasta su habitación en el hotel en un elevador privado.

—Como estrellas de cine—señaló el viejo, cuyo sentido del humor no cambiaba ni aún con 86 años encima. Se quedaron en la habitación un buen rato, hasta que unos minutos antes de que comenzara la ceremonia, fueron llevados por los mismos hombres trajeados a través del hotel hasta llegar a una puerta lateral que daba al auditorio. Abrieron la puerta y el hombre entró; el auditorio estaba a reventar. Apenas había dado dos pasos dentro, cuando todo el mundo ahí presente se puso de pie y comenzó a aplaudir.

¿Quién era aquel hombre?

Era un científico, antes que nada. Y durante toda su carrera se había dedicado a desarrollar y demostrar sus ideas, sin importarle si molestaban o no a nadie; que de hecho lo hicieron: molestaron a toda una nación. Sus pensamientos eran demasiado radicales, exigían demasiado de la gente, pedían cambiar desde la raíz nuestra concepción misma de ser humano.

Pero en ese auditorio nadie parecía recordar todo aquello. Todos aplaudían, sin importar si estaban de acuerdo o en desacuerdo con las ideas y con el monumental trabajo de aquel hombre; no hubo nadie que se quedara sin aplaudir, y no dejaban de hacerlo mientras el hombre, ayudado por su hija, cruzaba el auditorio, subía despacio las escaleras hasta el escenario y se sentaba.

“Como estrellas de cine”.

Los aplausos tuvieron que ser interrumpidos después de unos minutos para poder dar inicio a la convención.

El viejo se entretuvo saludando a las personas que se acercaban a él; incluso charló con un joven psicólogo colombiano con quien solía intercambiar una estimulante correspondencia. Después de cincuenta minutos de presentaciones varias, el hombre recibió de manos del presidente de la Asociación Americana de Psicología, Stanley Graham, el Premio por una Vida en Contribución a la Psicología -el premio más importante que otorga dicha asociación- y comenzó a hablar pausada, suavemente, tal como solía hablar, agradeciendo a la Asociación por el premio y recordando sus primeras experiencias en aquella convención anual, evento que había visitado por primera vez en 1932, cuando muchos de quienes le escuchaban aún no habían nacido.

—En algún momento, recibí también el Premio por una Distinguida Contribución Científica, y ahora este… probablemente el mayor honor en mi vida. Estoy extremadamente agradecido. Me sugirieron que podría hacer algunos comentarios en agradecimiento…

Hubo risas ante aquel pequeño chiste, y entonces aquel hombre comenzó a hablar de los asuntos que le preocupaban más, de cómo la psicología se había dividido entre quienes pretendían buscar la esencia de los procesos cognitivos y quienes iban en la dirección de las contingencias de reforzamiento. Para él, el rechazo a su trabajo era similar al rechazo que la selección natural de Charles Darwin había experimentado más de un siglo atrás. En el clímax de su discurso, pronunció las siguientes palabras:

—En lo que a mí concierne, la ciencia cognitiva es el creacionismo de la psicología.

Hubo un momento de tenso silencio; muy pocos intentaron aplaudir. Terminó su discurso sin más interrupciones y se retiró del escenario entre aplausos; una vez hubo desaparecido tras la puerta, la audiencia también salió y el auditorio quedó casi vacío.

Apenas diez días después de pronunciar tan atronadora frase, y después de haber bebido un vaso con agua en presencia de su hija Julie, Burrhus Frederic Skinner falleció; era un día como hoy, pero de 1990.

REFERENCIAS
Ardila, R. (2017). B.F. Skinner y su legado para el siglo XXI. En C.H. García (comp.), Grandes psicólogos del mundo. México: Trillas.
Vargas, J.S. (1990). The last few days. Journal of Applied Behavior Analysis, 32(4), 409-410.
Anuncios