El iceberg no es sólo la punta del iceberg: sobre la falsa diferencia entre conducta y cognición.

Estoy a bordo del Titanic, la noche del 15 de abril de 1912, paseando en la cubierta y disfrutando de un mar bastante tranquilo. De pronto, en algún lado suena una campana tres veces. En los momentos siguientes el barco se ladea ligeramente y reduce su velocidad. A estribor aparece, poco a poco, una gran masa de hielo; parece que el barco va a chocar con ella en la superficie, pero la esquiva por poco… entonces se escucha un rechinido horrible, el barco se ladea y luego vuelve a la normalidad.

—¿Qué habrá pasado?

Bueno, para muchos de quienes estamos en la cubierta superior es evidente que el barco golpeó algo bajo la superficie, algo que estaba ahí aunque no se podía ver. Obviamente se trata de la parte escondida del iceberg…

—Obviamente no puede ser parte del iceberg—dice alguien. Incrédulo, volteo a verle.

—¿Disculpe?

—Que eso que sentimos no puede ser parte del iceberg.

—¿Y por qué lo dice con tanta seguridad?—pregunto, curioso.

—Pues porque no podemos verlo desde acá. Podemos decir que lo que está ahí abajo causa el iceberg que vemos arriba, pero eso de ahí abajo no es un iceberg.

Me percato de que esa postura es peligrosa; si alguien anda por ahí diciendo que el iceberg es sólo lo que asoma por la superficie e ignoramos lo que hay debajo…

—Pero eso que está diciendo es un error categorial—le digo—. Usted está creando dos categorías diferentes para clasificar en ellas un mismo fenómeno. Mire, le explico. Supongamos que yo quiero estudiar objetivamente la conducta humana; tal vez ese fenómeno que llamamos cálculo mental

—Le sigo.

—Bien, ¿recuerda usted cómo aprendió a hacer sumas?

—Claro, contando con la ayuda de mis dedos.

—Bien, pues eso es conducta pública, observable y medible. Eso sería la punta del iceberg: la parte que asoma y que podemos ver. Ahora, con el tiempo, ¿qué pasó con las sumas?

—Pues que utilicé los dedos cada vez menos, hasta poder hacer las sumas casi en automático.

—¿Ve? Eso ocurre con la práctica: la conducta se vuelve automática y se puede emitir sin mover un músculo; aunque los separe la piel, la conducta pública es igual a la conducta privada. Además, la conducta privada no causa la conducta pública, pues si ambas son conductas, no se puede explicar una acudiendo a la otra. Lo mismo pasa con el iceberg; aunque la línea del agua separe ambas partes, sigue siendo un iceberg aunque no podamos verlo.

—Usted me ha convencido.

Lamentablemente, no puedo conversar más con mi amigo porque en ese momento suenan las alarmas. ¡El barco se está hundiendo!

Las piedras no caen por su propio peso: sobre convertir verbos en sustantivos

Hace unos años, en clase de física, cometí el error de comentar en clase que las piedras tenían peso. La profesora, alarmadísima, se acercó y me reprendió por semejante tontería.

—Pero, ¿qué no pones atención en la escuela? A ver, te lo pongo fácil; si yo quisiera estudiar objetivamente la conducta debo preguntarme dónde está la conducta.

Me avergoncé ante mi error al darme cuenta de la respuesta.

—La conducta no está en ningún lado—respondí, cabizbajo—. La conducta es interacción, y por eso la conducta no sale del ser vivo, ni tampoco está afuera de él; la conducta sólo puede ocurrir si hay un ser y un ambiente, igual que una piedra pesa gracias a que tiene masa y a que interactúa con la gravedad.

—Entonces, si yo trato de explicar la conducta de un delincuente diciendo que él tiene agresividad, ¿en verdad estoy explicando algo?

—No profesora, un delincuente no tiene agresividad. Un delincuente agrede.

—¿Cuál es la diferencia entre decir “las piedras tienen peso” y “las piedras pesan”?

—En la primera, peso es un sustantivo y en la segunda pesan es un verbo.

—¿Cómo se llama a eso de confundir verbos con sustantivos en la explicación de un fenómeno?

—Error categorial, maestra.

Ella me miró con severidad. Nunca volví a cometer ese error.

Las personas no mueren porque son mortales: sobre las explicaciones falsas de la conducta

¿Qué es ser prudente? Supongamos que la palabra no existía hasta que un flaco observó a otro flaco comportarse de cierta forma ante determinados eventos del ambiente; a saber, un lago congelado, un tronco sobre un barranco y un vecino que responde con un golpe si se lo trata con rudeza. Ante aquella forma de comportarse, el Flaco que Observa decide llamarla “comportarse con prudencia”. Después, para abreviar y no perder más tiempo, lo resume a “ser prudente”. Bien, se ahorró unos segundos, pero ese cambio hace que se olvide de que “prudente” era una etiqueta que resumía un conjunto de comportamientos; ahora, si le preguntamos por qué el Flaco que se Comporta lo hace de manera prudente, él contestará “pues porque es prudente, ¡dah!” y dará por zanjada la cuestión. Ahora, la palabra prudente ya no es una descripción de una conducta, sino que se convirtió en causa de la conducta que pretendía explicar. Así sucede con todos los términos que pretenden explicar la conducta humana: humildad, generosidad, agresividad, introversión, sadismo y demás dejaron de ser descriptores de la conducta para convertirse en causas, de manera redundante, pues ahora son causas de la conducta que pretenden explicar. Para mayor ejemplo, leer el apartado siguiente.

¡El bacilo de Koch existe!: sobre la falsa diferencia entre “síntomas” y “causas de síntomas”

En la clase de psicología, antes de que llegue la profesora, el Alumno Psicoanalista critica la terapia conductista:

—Imagínense a un tipo que tose, escupe sangre y está pálido—dice—. El médico dirá que es una tuberculosis, y si le preguntamos al médico porqué el paciente hace eso, dirá que porque es un tuberculoso. Y si lo llevamos con el curandero para curar los síntomas, pues la enfermedad no se habrá ido y seguirá causando daños porque sigue ahí dentro. Es lo mismo que hace la terapia de la conducta: curar los síntomas, pero el problema sigue ahí.

—Okey, entonces se infiere la presencia de un malestar debido a los síntomas—La Chica Conductista interviene—. Por ejemplo, si a un tipo le gusta maltratar animales o azotar a su pareja sexual y te pregunto qué onda con él, por qué actúa así, ¿qué me dirás?

—Pues que actúa así porque es un sádico.

—Entonces tenemos una explicación doble: los síntomas (la conducta sádica) y las causas (el sadismo). ¿O no? Igual que con la tuberculosis: tenemos los síntomas (la tos, la palidez, la sangre) y las causas (la tuberculosis).

—Si…

—Pero la diferencia es que la tuberculosis no causa esos síntomas.

El Alumno Psicoanalista parpadea y todos en el salón miran a la Chica Conductista, expectantes. ¡El debate se ha puesto bueno!

—Esos síntomas los causa el bacilo de Koch. La tuberculosis es sólo una etiqueta que el doc usa para resumir síntomas, igual que el sadismo es la etiqueta que usas para resumir las conductas del sujeto de mi ejemplo. Pero no es la causa de las conductas, porque el bacilo de Koch se puede aislar en un tubo de ensayo; existe por separado de los síntomas que causa. En el caso del tipo sádico, ¿se puede hacer eso? Si no presentas conducta sádica, ¿puedo decir que tú eres un sádico? No, porque el sadismo no es independiente de la conducta sádica; sólo es su etiqueta. Si desaparece la conducta sádica, obviamente desaparece el sadismo. En terapia conductista no se usa el modelo médico como tú lo mostraste.

—Brillante—interrumpe la voz de la maestra, que llevaba rato escuchando el debate y nadie la había visto—. Yo no lo habría dicho mejor.

La máscara no es el rostro: sobre porqué, a pesar de todo, el conductismo sigue sin ser aceptado.

En un teatro de la antigua Grecia, uno de los actores tenía la fama de nunca haberse quitado su sonriente máscara; se decía que la máscara se le había pegado al rostro. Por ello, ya nadie recordaba su verdadero rostro, y si alguien les hubiera mostrado una pintura de cómo lucía antes de que se pusiera la máscara, todos habrían rechazado tal pintura. Como de verdad sucedió un día. Un pintor les mostró el cuadro del actor sin su máscara, y se armó un lío.

—¡Pero obviamente no puede ser él! Todos sabemos cómo luce en verdad; es sonriente, pálido y sin arrugas. Eso que estás mostrando no es verdad.

—¿Y si le pido que se quite la máscara y se ponga esta otra mejor fabricada?

—¡Le estarías pidiendo que se arrancara el rostro! ¿Y qué tal que la máscara no encaja en él?

—¡Ustedes están prefiriendo lo intuitivo a lo anti-intuitivo! No les estoy dando a escoger entre máscara y rostro, sino entre máscara y máscara! ¿Qué no saben lo que va a pasar en dentro de dos mil años con el estudio del comportamiento?

Los presentes se incomodaron, porque, ¡claro que sabían qué era lo que iba a pasar! Uno de ellos habló:

—Pues que durante mucho tiempo la humanidad va a utilizar explicaciones intuitivas para el fenómeno del comportamiento, hasta tal punto que van a confundir esas explicaciones con el propio fenómeno.

—¿Y por qué eso va a ser un problema?

—Pues porque las explicaciones no son iguales a los fenómenos, así como que las máscaras no son iguales al rostro, pero deben amoldarse a él—El hablante parecía avergonzado—. Las explicaciones que mejor se acerquen a un fenómeno son las que debemos usar, igual que usamos la máscara que mejor se acomode a nuestro rostro, al menos hasta que se haga una explicación mejor o una mejor máscara.

—Entonces, ¿están de acuerdo con que negar la máscara que ustedes confunden con el rostro (o la explicación que en el futuro confundirán con el fenómeno) no significa negar el rostro (o el fenómeno)?

—Sí, señor—respondieron todos a coro.

—Muy bien, me alegra que haya quedado claro. Sólo me entristece que la gente del futuro no lo entienda así de fácil.

REFERENCIAS:
Freixa, E. (2003). ¿Qué es conducta? International Journal of Clinical and Health Psychology, 3(3), 595-613.
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