Continuando con la saga más popular del blog (porque es la única saga que hay, hasta ahora), en esta ocasión les pido que abran el buscador de imágenes de Google y escriban psicología en él. Adelante, vayan, aquí les espero.

¿Ya?

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También por ahí se les coló una mancha tipo Rorschasch. Ah, qué caray.

Habrán observado algo: de las primeras imágenes en los resultados, al menos cinco muestran un cerebro. Hay una que nos esquematiza los famosos dos hemisferios del encéfalo; otra, muy parecida, divide al cerebro en dos usando la preciosa letra psi que nos identifica (si la ven en un libro de física cuántica, ¡no se espanten! Es la función de onda). Dos más comparan el cerebro de una persona con engranajes, mientras que la otra hace lo mismo pero en forma de rompecabezas. Y así podría seguir describiendo los resultados de esa búsqueda, pero sería muy tardado y redundante. ¿Cuál es el punto?

El punto es mostrar que es muy común relacionar el estudio de la psicología con el cerebro. Las imágenes coloreadas del cerebro son hipnotizantes, y más cuando vienen acompañadas de un texto como “esta área se iluminó cuando el sujeto hizo tal cosa”, como diciendo “ah, ¡ahí está la mente!”. Hay cursos de neurocositas en todas las facultades de psicología. Por un momento, parecería que estudiar al cerebro sí tiene algo que ver con la psicología después de todo.

¿O no?

Nuestros diálogos cotidianos también hacen muchas referencias al cerebro; tanto, que casi parecería que hemos sustituido “mente” por “cerebro”, pero los neurocientíficos se justifican diciendo que el viejo problema mente-cuerpo ya ha sido superado, y que como el cerebro es parte del cuerpo, ya no hay ningún problema. Incluso hay gente que se atreve a opinar que tarde o temprano la psicología terminará por ser absorbida por la neurociencia. Por un momento, todo suena lógico y muy atractivo, pero si nos ponemos a pensar un poquito, hay varias cosas que levantan cejas. En algún momento abordaré los problemas de la neurociencia en una nota aparte; aquí sólo mencionaré el hecho de que los asuntos de una ciencia no pueden ser reducidos a otra ciencia; cada disciplina tiene sus propios métodos, términos, problemas y objetivos, a pesar de que se complementen entre sí. Por ejemplo, la biología estudia la estructura de los seres vivos y sus procesos; la fisiología se encarga de estudiar los órganos de los seres vivos, y la psicología el comportamiento de los organismos. No puede haber psicología sin biología ni fisiología, y sin embargo cada una persigue objetivos distintos; entonces, ¿para qué reducir una ciencia a la otra?

Hay una posible respuesta para esto: la psicología y otras disciplinas de las llamadas sociales han estado mucho tiempo tratando de colarse en la fiesta de las ciencias, rogando por que la física y la biología bailen con ellas y haciendo photo-bombing en las fotos generacionales, sin duda buscando la primera oportunidad que se les presente para poder alcanzar el estatus” (?) de ciencia. Y encontraron esa oportunidad en el cerebro. Neuropsicología y su hermana, neurociencia cognitiva, neuroeconomía, neurosociología, ¡neuroantropología!… todas estas disciplinas híbridas utilizan los métodos de la neurociencia para explicar sus propios fenómenos (lo cual se vale sólo si quieres conocer la dimensión fisiológica del enamoramiento, el consumo o la sexualidad, por poner ejemplos), pero el problema es que no sólo no han aportado nuevos conocimientos a sus ciencias originarias, sino que las han perjudicado indirectamente: ahora a cualquier cosa se le puede poner el prefijo neuro- para sonar y ser vendido como científico aunque no lo sea (el caso de la programación neurolingüística y la bioneuroemoción). Las ciencias sociales, en su afán por ser aceptadas como tales, se han neurologizado, y la primera que corre el riesgo de desaparecer es la psicología.

Por supuesto que sería de locos negar el importante papel del cerebro en el funcionamiento de un ser vivo; este órgano forma parte del sistema que le permite al cuerpo hacer casi de todo. Pero déjenme hacer énfasis en el “permite”: el cerebro no es causa de la conducta, ni mucho menos de la mente. Su lugar está en la fisiología, y que la psicología se encargue del comportamiento.

post it 10
Pronto subiremos esta frase con un comentario apropiado en el álbum Los postis de La Rata & El Perro
REFERENCIAS:
Pérez-Álvarez, M. (2011). El mito del cerebro creador. Cuerpo, conducta y cultura. Madrid. Editorial Alianza.

 

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