La psicología experimental tiene una relación muy cercana con nuestro país. A partir de la segunda mitad del siglo XX, la enseñanza de la psicología en México tuvo mucho que ver con el conductismo gracias a la influencia de dicha perspectiva en todo el mundo. El auge de la psicología científica en México llegó durante las décadas de los sesentas y setentas, pero hagamos un poquito de memoria: La conducta de los organismos de Skinner se había publicado en 1938, Watson había publicado La psicología tal como la ve el conductista en 1913 y Wundt había fundado el primer laboratorio de psicología experimental en 1879, ¡más de cien años antes!

Poquito atrasados sí estábamos, ¿no?

Fue gracias al esfuerzo de muchos psicólogos, llamados con cariño Grupo Xalapa, que la psicología mexicana salió de su particular atraso: el diseño curricular de la licenciatura en psicología de la Universidad Veracruzana, la fundación y el diseño curricular de la Facultad de Psicología y de la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Iztacala (hoy Facultad de Estudios Superiores, aunque en las banquitas aún diga ENEP), la fundación de la Sociedad Mexicana de Análisis de la Conducta, la publicación de la Revista Mexicana de Análisis de la Conducta y la realización del Primer Congreso Mexicano de Psicología son ejemplos del desarrollo que alcanzó la disciplina en aquellos lejanos tiempos. Sin embargo, la historia de la psicología en México inicia muchos años atrás. Los antecedentes de la psicología experimental en nuestro país ocurren entre la última década del siglo XIX y las primeras dos del siglo XX, de la mano del primer psicólogo mexicano: Ezequiel A. Chávez y de un alumno suyo, Enrique O. Aragón.

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Ezequiel Adeodato Chávez Lavista, el primer psicólogo mexicano.

Chávez había estudiado en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, de donde se tituló en 1891 y en cuyas clases de filosofía aprendió la importancia de desarrollar una ciencia psicológica; su contacto con las obras de Titchener y Dewey lo convenció de que dicha ciencia debería ser experimental.

Cinco años después de titularse, Chávez diseñó e impartió los primeros cursos de psicología en la Escuela Nacional Preparatoria; en estos cursos combinaba descripciones del método experimental riguroso con enfoques filosóficos. Entre sus alumnos estaba Enrique O. Aragón, quien, como buen alumno, tomó muchas notas de las clases de Chávez y las publicó en 1902 bajo el título La psicología, mientras estudiaba medicina. Aquel año fue importante para la psicología mexicana, no sólo por la publicación del libro de Aragón, sino también porque Chávez tradujo el A primer of psychology de Edward Titchener (obra que sirvió como libro de texto en la Escuela Nacional Preparatoria durante muchos años), y porque el “amado” presidente don Porfirio Díaz, ansioso por modernizar esta tierra en todos los aspectos, anunció la compra de aparatos provenientes de Alemania para equipar los cursos de psicología de la ENP y la Escuela Normal de Maestros.

Sin embargo, ¡cosa rara en México!, no hubo aparatos de ningún tipo durante los siguientes años. De hecho, Aragón solía decir que el primer laboratorio de psicología mexicano se había fundado en 1908, pero no hay documentos que respalden su afirmación. El paradero de los aparatos es desconocido hasta 1914, cuando el secretario de la ENP le pidió a Alberto S. Cárdenas que recogiera los aparatos de psicología experimental, provenientes de la Normal de Maestros, que la ENP recibiría. Para entonces, Chávez había tenido que emigrar a Estados Unidos debido a algunos problemas políticos, y había dejado como profesor de psicología en la Escuela Nacional de Altos Estudios a nada más y nada menos que el mismísimo Enrique O. Aragón, quien solicitó que los aparatos (hasta entonces, vigilados y cuidados por Alberto S. Cárdenas) fuesen llevados a dicha escuela, ubicada en lo que hoy conocemos como Palacio de la Autonomía, a donde llegaron el 23 de abril de 1916.

Aragón se dedicó a preparar los aparatos, así como el espacio que ocuparía el laboratorio. Hasta entonces, las clases que Aragón impartía eran solamente teóricas, y continuaron siéndolo hasta el 21 de junio de 1916, fecha en que se terminaron de instalar los aparatos y se inició con las operaciones del laboratorio. La demostración inaugural ocurrió el 27 de octubre de ese mismo año, evento al que acudieron el rector de la Universidad Nacional de México, entre otras autoridades, e incluso fue relatado en notas periodísticas. El evento consistió, por supuesto, en mostrar el desarrollo de la investigación que se realizaba en la Universidad.

Pero, ¿en qué consistían los dichosos aparatos?

Para empezar, habían sido fabricados en Alemania por E. Zimmerman, el mismo fabricante que le construía cosas a… ¡Wilhelm Wundt! Todos ellos eran utilizados en fisiología y psicofísica para estudiar experimentalmente la introspección: había un cronoscopio de Hipp, que permitía registrar tiempos de reacción con precisión de milisegundos; también había un miógrafo, como el que usó Helmholtz para medir la velocidad del impulso nervioso, un péndulo de contactos que podía medir intervalos de tiempo y un péndulo de división que registraba tiempos de reacción después de la presentación de estímulos visuales; un quimógrafo (o como lo conocía Aragón, kimiografión), un aparato bastante común en los laboratorios de fisiología y psicología experimental que permitía medir la magnitud y la duración de un evento. Actualmente, algunos de estos aparatos son exhibidos en el Palacio de Medicina de la UNAM, mientras que otros son propiedad de la Facultad de Psicología.

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Un quimógrafo, aparato que permite estudiar movimientos musculares y sus relaciones temporales. En el tambor (derecha de la imagen) se enrollaba papel ahumado en donde se iban registrando los movimientos.

A pesar de que cambió de sede durante los años siguientes y cerró más de treinta años después de su fundación, la influencia del laboratorio de Aragón todavía se deja sentir por estos días. Por largo tiempo el laboratorio fue un pequeño bastión de la psicología en nuestro país; era un lugar donde los psicólogos podían sentirse dueños de la situación, ya que fuera de él eran considerados simples ayudantes de los psiquiatras, quienes se convirtieron en “especialistas” en temas psicológicos e incluso daban clases en la carrera de psicología. Los alumnos acudían al laboratorio interesados en contribuir con algo a la comprensión de los fenómenos psicológicos; en 1938, uno de esos alumnos era Rogelio Díaz-Guerrero, quien aprendió conductismo, psicología social y transcultural en la Universidad de Iowa, publicó el primer artículo mexicano de conductismo en 1952 y fungió como director de la Biblioteca Técnica de Psicología de Trillas entre 1967 y 1985, coordinando la traducción de clásicos como Análisis de la conducta de Holland y Skinner, Economía de fichas de Ayllon y Azrin, Principios de la conducta de Ferster y Perrot, y Principios de análisis conductual de Millenson, entre algunos otros. Y, a pesar de que las clases de Díaz-Guerrero aún estaban salpicadas del eclecticismo típico de la época (debido a su formación en el laboratorio de Aragón), en ellas se formaron quienes contribuyeron al desarrollo de la psicología científica a lo largo y ancho del país en los años sesenta: Víctor Alcaraz, José Antonio Gago, Florente López, Gustavo Fernández y Emilio Ribes, el Grupo Xalapa en persona. Este es el legado del primer laboratorio de psicología en México: un pequeño paso para dos hombres se convirtió en un gran y fructífero salto para toda una disciplina.

REFERENCIAS
Escobar, R. (2016). El primer laboratorio de psicología experimental en México. Revista Mexicana de Análisis de la Conducta, 42(2), 116-144
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