La ciencia comenzó a gustarme cuando era niño. El placer de sus descubrimientos me atacó por diversos flancos: para mí, no había criaturas más maravillosas que los dinosaurios; los libros de Julio Verne, llenos de matemáticas, física, química, geología y metereología, llegaron a mis manos y me asombraron como pocas cosas; prefería ver documentales de naturaleza y animales antes que caricaturas…, para mí, de niño, la ciencia estaba en todos lados, era lo máximo.

Irónicamente, también solía mezclar mi fascinación por la ciencia con mi fascinación por lo oculto. Criptozoología, ufología e historia alternativa eran, junto con la paleontología, la biología y la astronomía, mis materias favoritas. Para mí no había ningún conflicto en ello, pues todas me apasionaban por igual.

También estaban los fantasmas, por supuesto.

De niño nunca quise creer en los fantasmas. La muerte me aterraba sobremanera, pero me aterraba más pensar que podría haber muertos deambulando entre nosotros, dejándose entrever, a veces murmurando y otras veces gritando, con una misión que cumplir, creyendo que están vivos. Y sin embargo, creía en ello.

No sé cuándo dejé de creer en los fantasmas, porque no sé cuándo dejé de temerle a la muerte. Aún así, puedo decir que en mi facultad hay fantasmas.

Lo aterrador es que mucha gente en mi facultad los considera reales. Hay fantasmas que gritan; llevan ahí mucho tiempo, y consideran que tienen una misión: la misión de decirnos quiénes somos en realidad y porqué actuamos como lo hacemos. La gente los escucha y los sigue ciegamente, como en una especie de culto, porque hacen suyas esas dulces palabras, esas fáciles promesas. Esos fantasmas creen que están vivos y la gente a su alrededor también lo cree. Pero la realidad es que están muertos. No pueden enseñarnos nada nuevo, porque ya están muertos; sus voces sirven como anécdotas solamente, ya no deberían estar aquí.

Y sin embargo, ahí están. Haciendo ruido, agitando sus cadenas, gimiendo, reuniendo grupos de investigación a su alrededor.

Dejé de creer en la criptozoología, la ufología y la historia alternativa cuando comprendí los logros de la biología, la astronomía y la paleontología. Me decepcioné de lo tristes que sonaban aquellas malas explicaciones; en lugar de seguirlas, me fui tras aquello que me maravillaba, que me hacía entender y que me hacía preguntarme cada vez más cosas. Y dejé de tenerle miedo a la muerte, porque es parte de la existencia y es lo que la hace única.

Hace falta que en mi facultad dejen de tenerle miedo a la muerte, porque el miedo a la muerte nos encierra y nos impide avanzar, nos hace refugiarnos en historias de fantasmas que nos engañan en lugar de disfrutar con lo que tenemos, con lo que de verdad nos sirve.

No quiero que se malinterprete esto; hay facultades en donde los fantasmas son bien recibidos porque se dedican a recibir fantasmas y aceptar sus consejos cuando éstos son pertinentes. Y hay otros lugares, no precisamente facultades, donde la gente está encantada de tenerlos ahí, no necesitan nada más, y eso está bien. Que se vayan a donde son bien recibidos.

Ya no quiero que haya fantasmas en mi facultad. Yo quiero que haya luz.

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