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Imagen encontrada en internet. Créditos al autor: flaco, donde quiera que estés, quiero que sepas que admiro tu dominio de la conducta de dibujar retratos.

Suele decirse que la ciencia ha ido dotando de humildad al ser humano al despojarlo de esa visión que alguna vez tuvo de ser el centro de la creación y del universo, de ser el dueño de todo. Copérnico se atrevió a decir que no éramos el centro del cosmos y que girábamos alrededor del sol, y pagó el precio por ello. Charles Darwin se atrevió a decir que el ser humano era también un animal, uno especial, capaz de pensar, crear y actuar libremente, pero animal al final del día, y pagó el precio por ello. Y Burrhus Frederic Skinner se atrevió a decir que en realidad el ser humano realmente no posee nada que lo haga especial o diferente al resto de las criaturas en la Tierra, y al día de hoy sigue pagando el precio por ello.

Los malos entendidos y las deformaciones del pensamiento de Skinner impregnan aún la psicología en la actualidad: se enseña a los psicólogos en formación que el conductismo ya ha sido superado (historia que todos se tragan, hasta que tienen a un grupo de veinte niños enfrente y deciden trabajar con economía de fichas), cuando en realidad, se sigue haciendo investigación conductual que rinde dulces frutos en áreas como la clínica, la educación, la psicología organizacional y la psicología comunitaria. Conozcamos entonces la obra de un hombre que, como mínimo, amaba lo que hacía.

INICIOS

Burrhus Frederic Skinner nació en una ciudad pequeña llamada Susquehanna, a las afueras de Pennsylvania. Fue un niño típico de los suburbios estadounidenses: como la ciudad estaba en medio de un valle bonito y verde atravesado por un río, él y sus amigos se la pasaban bomba afuera, jugando a su propia versión de Stranger Things pero sin monstruos ni dimensiones paralelas. De hecho, Skinner se la pasaba inventando aparatos y juguetes varios para entretenerse.

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Así luce Susquehanna en la actualidad. Imagen: Wikimedia Commons.

El conductista menciona que una de las influencias en su juventud fue la señorita Graves, hija del botánico del pueblo, persona crítica y que le enseñó al pequeño Skinner a indagar lo más que pudiera, y que fue la responsable de que, a la hora de elegir una carrera, el buen Frederic escogiera literatura inglesa (?) (!). Ingresó a la universidad en el Hamilton College en 1922, lugar donde comenzó a actuar como un rebelde sin causa debido a la insatisfacción que le provocaba el ambiente universitario. Es conocida la anécdota en que, con su amigo John Hutchens, hicieron correr el rumor de que el actor Charles Chaplin visitaría Hamilton College, causando caos el día de la supuesta visita.

ACERCAMIENTO A LA PSICOLOGÍA

Skinner pretendía ser escritor, desobedeciendo los deseos de su padre, para lo cual, terminando la universidad, se impuso como propósito ser capaz de vivir de la escritura en el plazo de doce meses, cosa que no funcionó sobre todo porque no existía el Kindle ni Amazon en esa época. Durante aquel tiempo, gracias a su cada vez más pequeño círculo de amigos, comenzó a surgir su interés por la biología, en particular por la conducta. Se dio cuenta de que su bloqueo no se debía a que no tuviese nada que decir, sino que la literatura no era el medio apropiado para hacerlo. Lo que él buscaba era la ciencia.

Así fue como, en 1928 y a pesar de no saber mucho de la disciplina, Skinner entró a la Universidad de Harvard a estudiar psicología. Las obras que marcaron su pensamiento y lo llevaron al conductismo fueron Fisiología del cerebro y psicología comparada de Jacques Loeb, Los reflejos condicionados de Iván Pavlov y Filosofía de Bertrand Russell; en este último librito, el autor dedicaba mucho espacio al conductismo de John B. Watson. Estas obras lo hicieron lamentarse del estado de la psicología de su tiempo: inundada de “explicaciones” como las del psicoanálisis, salpicadas de metafísica con la que se podía hacer poco en la vida real. Debido a esto se metió a trabajar como loco en la investigación experimental, por la que Skinner se sentía más atraído. Nuestro querido conductista se graduó en 1931 y se quedaría como investigador en Harvard hasta 1936, año en el que se casaría con Yvonne Blue y comenzaría a dar clases en la Universidad de Minneapolis.

OBRAS

En aquella época comenzaría la etapa más productiva de la vida de Skinner. En 1938 publicó La conducta de los organismos: un análisis experimental, libro clásico donde nada más creó un sistema psicológico y unió bajo las mismas leyes del comportamiento tanto el reflejo pavloviano o conducta involuntaria con la conducta voluntaria. Ese mismo año nació su primera hija, Julie; su segunda hija, Deborah (Debbie, para los amigos) nació en 1940, y es cuando Skinner pone en marcha uno de sus inventos más satanizados: la cuna de aire, un habitáculo en el que su hija Debbie podía jugar, protegida de cambios bruscos de temperatura y de contaminación en el aire; así, Skinner e Yvonne podían atender otras actividades y se mejoraba tanto la calidad de vida como la calidad de la interacción entre la familia. Gracias a este invento Skinner fue acusado de experimentar con Debbie y de haberle causado un “trauma” tan fuerte que la pobre se habría suicidado en algún momento del siglo XX, una prueba de la demonización que sufriría el conductista más adelante. (¿traumar a las personas y provocarles daño? ¡Ni que fuera Sigmund Freud!). Debbie vive felizmente casada en Inglaterra, sin hijos y sin ninguna especie de enojo hacia su padre. Julie es académica en Harvard y al parecer ha usado la cuna de aire con sus propios hijos.

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Yvonne, Skinner y Debbie en la cuna de aire. Claramente podemos ver en el aterrado rostro de Debbie cómo está sufriendo.

En 1948, dio a conocer el experimento clásico La superstición de la paloma, en el que daba cuenta de las conductas extrañas que presentaban las palomas al ser alimentadas cada 15 segundos, sin reforzar ninguna conducta en particular; ese mismo año publicó su magnífica primera novela, Walden Dos, que habla sobre una comunidad utópica cuyos habitantes se rigen por los principios del conductismo; de hecho, una comunidad real de este tipo se estableció en Los Horcones, municipio de La Colorada, en Sonora.

En 1953 publicó Ciencia y conducta humana, otro librito clásico que funciona como introducción a la psicología y en el que describe los principios del análisis experimental de la conducta y sus aplicaciones a la vida en sociedad. En 1957 vio la luz una de sus obras más polémicas, Conducta verbal, en el que extendió los principios de la conducta operante al lenguaje, asegurando que como cualquier otra conducta, el lenguaje es aprendido mediante consecuencias y estímulos; esta idea le provocaría una acalorada discusión con el influyente lingüista Noam Chomsky quien asegura que el ser humano nace con una capacidad innata para el lenguaje. Al año siguiente la Asociación Americana de Psicología (APA) lo distinguiría con el Premio por Contribuciones Científicas Distinguidas; en 1966 recibiría el premio Edward Thorndike por contribuciones en la psicología educativa, y dos años después recibiría nada más y nada menos que la Medalla Nacional de Ciencia, galardón que han recibido, entre otros, físicos como Kurt Gödel, Linus Pauling, Richard Feynman y otro psicólogo de escuela conductista, Albert Bandura.

No contento con todo lo realizado, y siempre llevando al límite su visión de la psicología, en 1971 publicó el libro que lo convirtió en controvertida figura pública a lo largo y ancho de los Estados Unidos: Más allá de la libertad y la dignidad, en el que expande las ideas que ya había expresado en Walden Dos y propone que, debido a que el comportamiento es modelado por el medio ambiente, el ser humano no es libre, y que el concepto de libertad nos impide construir una sociedad más feliz y mejor a la actual. Así nomás. Obviamente, los Estados Unidos, el país más “libre” del mundo, se indignaron ante semejante propuesta, y encontraron maneras de criticar el trabajo de Skinner, llamándolo fascista, retrógada y controlador al servicio de una minoría que pretendía controlar al resto de la población. Re conspiranoico se puso el asunto, aunque Skinner en realidad pretendía defender el uso del conocimiento sobre el comportamiento humano con el fin de mejorar la sociedad y así salvarnos del holocausto nuclear, el hambre, el crecimiento de la población y la contaminación, las amenazas de su tiempo…, y también del nuestro.

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En 1971, Skinner apareció en la portada de Time. “No podemos permitirnos la libertad”, dice el subtítulo.

Skinner envejecía y enfermaba pero no por ello dejaba de ser conductista; de hecho, publicó un libro en 1983 junto a Margaret Vaughan titulado Enjoy old age, en el que reflexiona cómo diseñar un ambiente apto para contrarrestar las limitaciones propias de la edad. Al final de una década difícil en lo respectivo a su salud, y preocupado porque en el ámbito de la psicología comenzaba a resurgir la corriente mentalista (llamada ahora psicología cognitiva), en 1989 Skinner recibió la noticia de que tenía leucemia y le quedaba poco tiempo de vida, noticia que recibió con un tranquilo: ¯\_(ツ)_/¯

Como de 4:00 a 4:20 tenía tiempo, el 10 de agosto de 1990 recibió otro premio de la Asociación Americana de Psicología, el Premio por una Vida Sobresaliente en Contribución a la Psicología. Enfermo como estaba, Skinner se paró frente a toda la APA y pronunció un discurso de quince minutos en el que defendía los principios de la ciencia del comportamiento; cerca del final de su discurso afirmó: “por lo que a mí concierne, las ciencias cognitivas son el creacionismo de la psicología”.

Falleció ocho días más tarde, el 18 de agosto de 1990.

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Una bella ilustración de Skinner. Créditos correspondientes al autor.

Nombrado como uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX, B.F. Skinner era ante todo un humanista, un hombre que creía que la sociedad en que vivía podía ser mejorable gracias a la ciencia, en específico, a la ciencia de la conducta usada con responsabilidad, y que trabajó incansablemente para lograrlo. Muchos aspectos de su trabajo fueron criticados e hirieron fuertemente el orgullo de muchas personas; aún son malentedidos y simplificados hasta el exceso a día de hoy, pero Skinner sólo pretendía mostrarnos el camino a una mejor sociedad, a un mejor futuro. La psicología conductista no ha sido superada ni olvidada; ahí sigue, avanzando lenta pero segura y a la espera de que alguien la utilice tal y como Burrhus Frederic Skinner soñó hace cuarenta y seis años.

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