¿Por qué La Rata & el Perro?

¿Qué tiene que ver una rata o un perro con la psicología? ¿Qué carajos?

En esta primera entrada quise explicar el nombre del blog, un nombre poquito peculiar y sin relación con la psicología…, al principio. Para ello, vamos a tener que hablar tantito de historia, la historia de la psicología.

Empezaremos esta breve historia por los griegos. Los dichosos filósofos griegos, tan sabios y curiosos, los abuelitos con nombres raros de todas las áreas del conocimiento humano. Es cierto que esos filósofos no tenían la ciencia ni la tecnología que nosotros tenemos ahora, pero los recordamos y los admiramos por ser los primeros en intentar poner orden al desmadre del mundo, tarea nada fácil y que aún hoy nos cuesta trabajo. Uno de los temas más importantes para esos filósofos tan perspicaces era el del alma. Para todos ellos, el alma era un ente inmaterial, separado del cuerpo físico del hombre, pero que a la vez lo animaba, le daba movimiento; las cosas que no se movían no tenían alma. Cabe destacar, sólo por poner un ejemplo, a Platón y su concepción del alma.

Sin embargo, esta concepción del alma/espíritu (que duró toda la Edad Media e influyó a muchas religiones), chocó cuando la ciencia hizo su aparición. La ciencia se basa en filosofías positivistas y empiristas, que afirman que sólo podemos conocer la realidad a través de lo que podemos observar y medir, y a partir de experimentos y de la experiencia. La física era la ciencia por excelencia, pues podía medir distancia, velocidad, tiempo, temperatura, y hacer predicciones con todo eso. La química anotó otro gol para la ciencia cuando pudo clasificar los elementos de que estaba compuesta la madre naturaleza. Pero, ¿cómo medimos la mente, o la actividad mental, o como carajos le quieran decir a eso que pasa por sus cabezas en este momento?

Exacto, no se puede. Al menos no desde la ciencia del siglo XIX basada en el positivismo. Por esto, el estudio de todas las cosas que hoy entendemos como pertenecientes a la mente se le encargó a la filosofía, cosa que tal vez hoy podríamos entender como denigrante teniendo en cuenta la fama de la Facultad de Filosofía y Letras pero que en aquellos tiempos era casi igual de prestigiosa que la ciencia.

Aun así, hubo dos o tres güeyes que trataron de abordar el estudio de lo psicológico de manera científica. Uno de esos güeyes fue Wilhelm Wundt (la W se pronuncia como V), a quien todos los estudiantes de psicología de primer semestre alabamos sin haber leído uno solo de sus textos (es que todos están en alemán, profe). Wundt fundó el primer laboratorio de psicología en la Universidad de Leipzig, Alemania, en 1879, convirtiendo así a la psicología en una ciencia.

Pero, ¿realmente lo era?

Si nos ponemos específicos, realmente lo que hizo Wundt fue sentar las bases de la psicología científica. En su laboratorio, Herr Wundt trabajaba mediante un método llamado “introspección”, que consistía en presentar estímulos a un flaco, flaco que después tenía que expresar qué había sentido en el menor tiempo posible para que Wundt pudiera registrarlo de manera objetiva.

Siendo un poquito muy chingativos, el método de Wundt estaba lejos de ser lo suficientemente objetivo. Es decir, muchas veces no se obtenían los mismos resultados (ya que evidentemente no siempre era el mismo flaco al que interrogaban; había otros flacos y eso dificultaba más la obtención de datos), y problemas de ese tipo, que impiden que el conocimiento que estás adquiriendo sea confiable, un principio que toda actividad que se precie de ser ciencia debería cumplir. Si dos personas te cuentan un chisme que ambas presenciaron, no tendrían por qué contradecirse, ¿o sí?

Espera, espera, espera. ¿Qué chingados? ¿No nos ibas a contar por qué esto se llama La Rata & El Perro?

Hace mucho tiempo, en una Rusia muy muy lejana, un hombre, un fisiólogo llamado Ivan Pavlov trabajaba con perros. Más específicamente, estudiaba la digestión de los perros (trabajos que lo llevarían a obtener un Premio Nobel en 1904). Su experimento, tan sencillo a primera vista, es uno de los más famosos en la historia de la psicología: consistía en hacer sonar una campana, al mismo tiempo que el cuidador aparecía con la comida. Ésta, por supuesto, hacía babear como loco al perro. Así todos los días, así todos los días, hasta que a alguien se le ocurrió sonar la campanita sin llevarle el lunch al pobre animal. ¡Cuál fue su sorpresa al percatarse que el perro babeaba, a pesar de no estar viendo la comida! Whaaaaaat?!

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-Querido, invité a Pavlov a cenar / -Muy bien, será bueno que…

Este experimento sentó las bases de algo que sería conocido como condicionamiento clásico o pavloviano, un principio del aprendizaje que serviría como uno de los puntos de partida de la psicología verdaderamente científica y que espero poder tratar con más detalle en futuras notas. Aquí sólo mencionaré que este principio del aprendizaje se halla detrás de muchos fenómenos muy comunes, como las fobias, y más adelante se utilizó en algunas formas de terapia. Después lo veremos, lo prometo. Por el momento, ahora sabemos que gracias a Pavlov y sus perros es que surgió parte del nombre de este blog.

El descubrimiento de Pavlov fue uno de los pilares fundamentales del conductismo, pero no fue sino hasta que llegó John Watson (elemental, mi querido…) que dicha escuela, el conductismo, fue oficialmente inaugurada, y lo hizo escribiendo un texto llamado La psicología tal como la ve el conductista (1913), y conocido por los cuates como el Manifiesto Conductista (¡ay, güey!). En él, Watson asevera que la psicología es una ciencia natural cuyo deber es descubrir leyes y predecir la conducta, y cuyo objeto de estudio es la conducta observable, aquello que podemos ver, y por consiguiente, contar: las veces que alguien se rasca la cabeza, cuántas veces saca uno el celular, etc. De esta manera, Watson se alejaba de la introspección de Wundt y sus amiguitos, brindaba un poquito de objetividad científica al asunto y se apartaba de la mística y la metafísica que estaban llevando a la psicología por el camino de la perdición, cosa que, tristemente, no se puede afirmar en tiempos modernos.

El conductismo se volvió muy popular dentro de la psicología, y pronto se convirtió en la corriente dominante, habiendo muchísimos estudiosos que se dedicaron a ponerlo a prueba y a expandirlo. El más importante de todos ellos fue Burrhus Frederic Skinner (¡salve!), un psicólogo estadounidense cuyo alcance, impacto y trascendencia fue tan grande que me harían falta dos artículos para hablar de ello (considérenlo prometido). Skinner desarrolló el conductismo por medio del condicionamiento operante, un principio del aprendizaje cuya demostración experimental sucede de la siguiente forma: tenemos una rata de laboratorio (aunque también podían ser palomas, pero La Rata quedaba mejor que La Paloma, honestamente), metida en una caja como la de la ilustración, llamada justamente caja de Skinner.

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Así es como lucía una caja de Skinner en tiempos de Skinner. Imagen obtenida de internet, aunque sé que viene en el libro de Lilienfeld et al. (2011).

Esta caja, desarrollada por el mismo Burrhus, no era una caja cualquiera: tenía dentro una especie de palanca que podía ser accionada por el animalito. Al lado de la palanca hay una bandeja a donde llega la comida cada vez que la rata pulsa. Por fuera, hay un dispensador de comida, por donde el experimentador coloca la comida. Además, la dichosa caja está conectada a un aparato que registro (en la época de Skinner el aparato registraba unas enormes gráficas, parecidas a las que deja un sismógrafo, pero en estos tiempos modernos y electrónicos sólo consta de una pantalla como la de un reloj digital para enumerar las veces que la rata pulsa la palanca).

El experimento consiste en darle un poco de comida a la rata cada vez que haga lo que queramos que haga; esto es, que pulse la palanca. La rata pronto asocia el pulsar la palanca con la aparición del desayuno, y entonces, como antes del experimento la hemos dejado sin comer, pues se lanza a pulsar como poseída. Ahí es cuando se nos puede ocurrir jugar con el patrón de reforzamiento; o sea, podemos decidir cada cuándo darle de comer. Quizás queramos que la rata pulse cinco veces la palanca, o tal vez diez. O tal vez quince. Da igual, la rata lo hará.

Estos dos experimentos (el del perro de Pavlov y el de las ratas en la caja de Skinner), por más sencillos y ¡duh! que suenen, fueron el primer paso para que la psicología se convirtiera en una ciencia, así que con el nombre del blog quise rendir un homenaje a los dos experimentos que inauguraron la psicología científica, y a los hombres detrás de estos experimentos. Ha pasado mucho tiempo, y la psicología enteramente conductista ya no se hace por varias razones que expondré después, pero gracias a que los conductistas fueron tan exigentes con lo experimental es que hoy, a más de un siglo, estamos donde estamos. Y aún nos falta muchísimo más por recorrer.

Fuentes:

Lilienfeld, S.O., Lynn, S.J., Namy, L.L. & Woolf, N.J. (2011). Psicología. Una Introducción. Pearson Educación. España.

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